5/2/07

Caminante, no hay camino



“Salir como Marco Polo una mañana. Sentir el viento en las venas. Llevar en la mochila el Quijote. Volver la cabeza una sola vez antes de doblar la esquina. Sonreír. Decir adiós con la mano. Dejar tras él, asomada al balcón, una mujer encinta. Bajar con alas en los talones desde la Plaza del Chupete hasta la humilde estación del ferrocarril en la que un pintoresco grupo de cineastas rodó años atrás una de las más febriles escenas de la película “Doctor Zhivago”. Saludar con un gesto a los transeúntes conocidos. Pasar de largo con alegría ante los desconocidos. Silbar una canción de moda. Pedir en la taquilla un billete de segunda. Comprar por última vez en mucho tiempo un periódico español. Subir al tren. Mirar por la ventanilla los retales verdes, amarillos y ocres de los campos de pan llevar. Acordarse del Cid, de Unamuno y de Castilla. Apearse en Pamplona. Comprar un mapa, dos bocadillos y una bota de vino. Llenarla. Beber de un sorbo a la salud de los que se quedan. Beber otro sorbo pensando en quienes, sin saberlo, le aguardan”.Con esas palabras, Fernando Sánchez Dragó comienza a contar el momento en que Dionisio, el personaje principal de su obra, se aleja de su casa y da los primeros pasos de un viaje que tendrá connotaciones sólo comparables a las vividas por Ulises en “La Odisea” de Homero.

La historia del camino transcurre en 1969. El escenario es España.Casi un año ha pasado ya del fracaso del mayo francés y Dionisio, se ha convencido de que los eslóganes tales como “la imaginación al poder” o “Seamos realistas soñemos lo imposible” no fueron mas que meras expresiones de deseo que la cruel realidad acabó fagocitando. Es por eso, que, descreído de todo y absolutamente escéptico de la vida, decide dejar a su esposa encinta, sus obligaciones, compromisos y responsabilidades de lado, y realizar un viaje por las ciudades más importantes del continente asiático, no sólo en busca de un conocimiento intelectual, sino además, de otro, más complejo e intrincado; el de su propio yo.

La sola idea de recorrer el suelo de Oriente, encierra para Dionisio la necesidad de encontrar respuestas a los miles de interrogantes que se plantea como ser humano, y que no tienen explicación, al menos, en el mundo occidental y capitalista en el cual le tocó nacer. Así es como, a lo largo de un año y acompañado nada más que de una mochila pequeña y tres duros en el bolsillo, el joven viajará por Turquía, Pakistán, La India, Nepal, Indonesia, Vietnam, Afganistán y conocerá a personajes de lo más variopinto, con los cuales vivirá experiencias fascinantes, en algunos casos, y terribles en otros, y que le dejarán en su alma una impronta imborrable.

El gran poeta Antonio Machado dijo alguna vez: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar” y Dionisio, como español, no será ajeno a estos versos. Apenas llegado a Estambul tendrá un encuentro con el canciller español y el caminador manchego, quien asegura no tener mas oficio que el de “andar por los caminos de la vida”.Pero estas dos personas no serán las únicas con las que se topará. A medida que se adentre en su peregrinar por las rutas asiáticas, irán apareciendo; el comerciante sufí (quien le destruye el concepto occidental de democracia y le enseñará el verdadero sentido de la palabra igualdad), un tigre de Bengala; el motorista de Delhi; un diálogo mano a mano – previa experiencia alucinógena- con una diosa de Katmandú; los caballeros de la tabla redonda y un dúo de amigos (uno italiano y otro argentino) que huyeron de Milán buscando encontrar la felicidad en Oriente, a bordo de un pequeño auto Volkswagen.

Ya en el tramo final de su viaje, con el peso de la experiencia y el aparente conocimiento en su mochila, conocerá al Pandit de Bombay, a un barón siciliano y a un periodista argentino con quien, luego de compartir varias noches de alcohol en un barsucho de Saigón, le revelará algunos secretos de los periodistas que le harán pensar a Dionisio sobre cómo los medios manipulan conciencias y de por qué solo hay que “creer únicamente en lo que se ve”.Pero no todas las enseñazas del camino serán agradables. Cuando él crea haber alcanzado el mayor grado de experiencia, el destino le tendrá preparada la última parada en el trayecto de su viaje, que nada tendrá que ver con lo que le ha tocado vivir hasta ese momento, y quizás, sea allí donde comience el verdadero “camino del corazón”.

Con esta novela, Sánchez Dragó logra contar una historia apasionante, fascinante y hasta por momentos, envidiable. La narración está coloreada de una atmósfera muy particular, en la cual el lector inmediatamente se identifica con el personaje del viajero, ya que éste plantea cuestiones que son inherentes a la condición humana y que casi la totalidad de los mortales alguna vez, se han preguntado.

Un punto digno de destacar son las maravillosas y minuciosas descripciones que hace de cada uno de los lugares por los cuales Dionisio se va cargando de sabiduría y con ellas invita a la reflexión sobre si es válida la visión que tenemos los occidentales acerca del mundo oriental.

Otro acierto que tiene la trama, es el de contar paralelamente al viaje de Dionisio, la vida de Cristina, su esposa, que ha quedado en España gestando el hijo de ambos, y que con las cartas que recibe del lejano oriente va escribiendo en secreto una novela , la cual oficiará de ofrenda de amor a la vuelta de Dionisio.

Con esta obra, Fernando Sánchez Dragó logró ubicarse como finalista en el certamen literario Premio Planeta de 1990, no obteniendo lamentablemente el primer puesto ya que el mismo fue ganado por el escritor andaluz Antonio Gala. Desde su primer edición al momento ha sido reeditado varias veces con muchísimo éxito y está catalogado como un libro indispensable para todos aquellos que quieran conocer un poco más acerca de los misterios que hay alrededor de algunos destinos de Oriente y para aquellos que abracen la idea de recorrer un camino de espiritualidad y de autoconocimiento.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails