17/5/10

Acrópolis, una cita con los dioses

Teniendo en cuenta que los romanos acuñaron el famoso dicho popular que dice que todos los caminos conducían a Roma, los atenienses bien podrían decir lo mismo respecto de la Acrópolis. Ubicada sobre uno de los montes mas bellos de la ciudad, este antiguo recinto se alza como la gema más buscada por los miles de turistas que a diario la visitan.

Si se le preguntara a cualquier persona que indique los diez lugares que quisiera conocer antes de morir, no sería para nada extraño que entre el marasmo de respuestas se encuentre la Acrópolis ateniense como una de las posibilidades. Es por eso que, teniendo en cuenta esa tendencia, quizás se pueda encontrar una pista que explique por que, año tras año, millones de personas en el mundo engullen guías turísticas en diferentes idiomas y teclean ciento de veces las palabras claves en el Google buscando información que les amplíe los conocimientos acerca de ese colosal y curioso icono de la cultura occidental (Según las estadísticas brindadas por los organismos culturales de Grecia, por año son casi tres millones los turistas que llegan al país en busca de los vestigios históricos y culturales concentrados en ella)

UN MONTE MISTERIOSO QUE SIMULA SER LA MÁQUINA DEL TIEMPO 

Como bien dijimos anteriormente, a la Acrópolis se puede llegar desde cualquier punto de la ciudad, aunque uno de los circuitos más recomendables, es tomar cualquiera de las callejuelas que atraviesan el Barrio de Plaka en dirección hacia el monte, o bien seguir algunos de los tantos carteles exhibidos en las fachadas de las casas que bordean el casco urbano de Monastiraki.

Si bien ambas opciones son muy atractivas la primera resulta mucho mas seductora, ya que en el camino que se debe recorrer para llegar hasta la taquilla de entrada, se debe pasar obligatoriamente por algunos de los espacios más bellos del moderno barrio ateniense, en el cual abundan desde los típicos perros callejeros (un espectáculo digno para un capítulo aparte), algunas de las clásicas tabernas que por las noches se transforman en verdaderos templos de la diversión, blancas casas con sus jardines abarrotados de geranios y cerca de una decena de cafés y bares donde se respira el aire vanguardista y ecléctico de los jóvenes nativos.

Al llegar a la entrada del recinto lo mejor es tomar algunas fotografías de las construcciones y de la muralla de la acrópolis desde abajo, ya que a medida que se empiece a ascender por la ladera principal, se va a ir perdiendo notablemente la óptica de lo que se ve y luego, al llegar al hotel, seguro sobrevendrá el reproche por no haberlas tomado a tiempo.

Apenas se empieza a ascender por la ladera este del monte, el paisaje ofrece algunas vistas y elementos que bien parecen un adelanto de las maravillas arquitectónicas que se verán en la cima de la Acrópolis. Así es como recien cruzado el pórtico de entrada, sorprende ver las ruinas del antiguo Teatro de Dionisios, uno de los primeros de la cultura occidental y que dío origen a una de las artes mas fecundas de toda la historia, como es el teatro. La vista actual del teatro se encuentra distorsionada de lo que fue en sus orígenes (pensemos que sobre él pesan casi 5 siglos de historia) pero aún así mantiene una belleza indescriptible y una perfección pocas veces vistas en otros monumentos. Y a un costado del teatro, entre los pastizales, una decena de trozos de columnas de mármol que alguna vez engalanaron el espacio se muestran como el vestigio mejor guardado de los albores de una civilización ya perdida, pero no por eso menos magnífica.

Mientras se sigue con el ascenso, ante nuestros ojos aparece otro teatro, mucho más bello y con reminiscencias del período clásico: el Teatro de Herodes Ático (conocido mundialmente como el Odeón). Ocupando un sitio de verdadero privilegio (dada su ubicación sobre la ladera del monte y por la fabulosa vista de Atenas que brinda) este espacio cultural aún sigue siendo utilizado como anfiteatro público y de vez en cuando, pasan por sus escenarios al aire libre algunos de los más reconocidos artistas de la música tanto nacional como internacional.


Pero no caben dudas de que para los turistas, el plato fuerte es aquel que aguarda en la cima de la montaña, donde se erigen las ruinas del antiguo Partenón ateniense y las misteriosas cariátides.

A estos dos íconos de la civilización ateniense se llega luego de atravesar el pórtico dórico de la Puerta Beulé, una entrada derruida que en el siglo de Pericles oficiaba de entrada principal al complejo de edificios y templos en el cual hoy reposan las ruinas actuales.

A la derecha de la puerta, el Partenón exhibe su magnificencia, tal cual como lo hizo en sus orígenes cuando se alzó como símbolo de la hegemonía ateniense. Según especialistas en arte e historia, el coloso es uno de los edificios mas perfectos del mundo, ya que no sólo fue creado teniendo en cuenta algunos efectos ópticos que mejoran la percepción (sobre todo en el ensanche y en la construcción de sus columnas) sino además, por que en él trabajaron algunos de los mas grandes artistas de la historia y la cultura griega.

Otro aspecto que lo hace interesante es la dualidad de opiniones acerca de la funcionalidad que tuvo el Partenón en la vida ateniense, dado que si bien para algunos fue un templo en el cual habitaron muchos de los dioses que forman la frondosa mitología griega, para otros en cambio, nunca fue un templo de adoración, dado que allí habría residido la escultura más colosal de la época, que no era otra que un gigante de mármol, marfil y oro con las formas de la diosa Palas Atenea, protectora del pueblo ateniense.

Enfrente de él y próximo a la colina este del monte se encuentra el Templo del Erecteion exhibe a las seis cariátides, deidades con forma femenina que -según algunos investigadores de la civilización griega- lejos de haber sido semidiosas, sólo fueron unas doncellas que al origen de la cultura minoica servían a los gobernantes de entonces (dado que el Erecteion fue antiguamente un palacio micénico en el cual Atenea y Poseidón –dios de los mares- se disputaron el protectorado de la actual Atenas)

Las seis estatuas que sostienen el arquitrabe del Templo son copias exactas de las originales, dado que estas últimas, por cuestiones de deterioro y seguridad se encuentran en el interior del museo de la acrópolis, ubicado detrás del Partenón.

Quienes quieran ingresar a cualquiera de los templos que conforman el complejo de la Acrópolis (ya sea para visualizarlos o para tomar fotografías), deberán tener en cuenta la ordenanza nacional que, desde 1975, establece la prohibición de ponerse debajo de las ruinas, un poco por seguridad y otro poco por monopolio, ya que muchas de las vistas que se pueden tener desde allí fueron concesionadas a algunas de las empresas que soportan económicamente el mantenimiento del lugar.

Si tienen tiempo y son amantes de la historia, les recomiendo no abandonar el recinto sin visitar el Museo de la Acrópolis, ya que la entrada viene incluída en el ticket de ingreso que se paga en la base del monte y bien vale la pena (Aunque previamente les recomiendo que averiguen los días y horarios en que se encuentra abierto, ya que estos varían según las diferentes temporadas del año).

Si deciden hacer el recorrido completo y visitar cada uno de estos geniales sitios del complejo arqueológico, será inevitable que, a la hora de emprender el descenso a la ciudad, tengan la sensación de haber experimentado - aunque sea unos momentos- un encuentro con los dioses, aquellos mismos que alguna vez poblaron las páginas de los relatos de Homero.

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