1/5/10

Atenas, una ciudad invadida por los romanos

¿Cómo sería la ciudad? Comencé a preguntarme en el mismo momento en que desde la cabina de mando, el piloto pedía que nos ajustáramos los cinturones por que en menos de quince minutos comenzaría el aterrizaje al aeropuerto internacional de Atenas. Las imágenes de los dioses griegos y los comentarios que me hiciera una amiga que ya había estado hacía un tiempo se agolpaban en mi cabeza queriendo encontrar una respuesta.

Mientras yo hacía esfuerzos por imaginarme como sería la que para todos es la cuna de la civilización, un grupo de estudiantes italianos (en viaje de egresados de la escuela media) se preguntaban en perfecto romano si podrían conseguir pasta fácilmente o si estarían condenados a comer la inexplicable pero encantadora comida griega.

El avión aterrizó e hicimos el paso por migraciones. El policía aeroportuario miró el pasaporte y al ver que era argentino sonrió y vociferó en un inglés chapuceado lo que yo no quería escuchar - ¡Aryentina, Maradona, El Che… Evita!. Le sonreí como para no deberle el cumplido y recogí mi pasaporte sellado con la máxima rapidez que pude.

Al salir busqué el bus que une el centro de la ciudad con el aeropuerto y allí divisé a la horda de estudiantes romanos que, ya no hablaban de los fideos, sino que se pegaban, tironeaban del pelo y hacían uso de la desfachatez e impunidad que les da la adolescencia y ese pequeño ensayo de libertad que significa un viaje de egresados.

Subimos al autobús. Los adolescentes romanos gritaban. Mucho. Una señora (romana también) acompañada por toda su familia se abanicaba en medio de un día que con viento a favor promediaba los 4 grados. El bus inició la marcha. Comencé a observar a los pasajeros y vi que era muy facil identificar cuales eran los griegos, por que, sentados en sus asientos y con aire sereno, miraban el espectáculo italiano digno de cualquier comedia de Goldoni a la vez que se mordían los labios anhelando que se callen o que pusieran fin de una vez por todas a tanta pantomima.

En una esquina el bus frenó de golpe. Los adolescentes romanos disfrutaron de la inercia y aprovecharon para empujarse aún más. La señora acalorada comenzó a mover su abanico de un modo cada vez más frenético y su hija, totalmente entretenida en una conversación gesticulada en exceso con otra pasajera italiana, comenzó a quejarse en italiano por que el centro de la ciudad estaba demasiado alejado del aeropuerto.

- Quando arrivamo in centro? Questo bus é la morte! decía la señora acalorada a la vez que los adolescentes se sumaban con comentarios como: - Ci vogliono scendere di questo bus! Quando arrivamo? O Quanto manca per arrivare alla Piazza Syntagma?. Lo cierto es que en medio de tanta algarabía, una mujer que no soportaba más la situación se paró de su asiento y en un inglés prolijo pero lento les explicó que faltaban solo dos paradas. La señora del abanico, sorprendida por el gesto de la griega, lanzó una risotada y le retrucó: - Noi siamo italiani, non parliamo inglese! A la vez que los adolescentes - quizás por primera vez en sus vidas- coincidieron con la anciana y comenzaron a aplaudir.

El bus finalmente llegó a la Plaza Syntagma. Cuando la puerta se abrió tomé la valija e intenté bajar, pero mi deseo se vio frustrado ante la ráfaga de jóvenes que se empujaban y pegaban para bajar primero y luego, ayudada por sus familiares, hizo lo mismo la señora acalorada. Cuando todos ya habían bajado recién descendí. Tomé mi valija y comencé a atravesar la plaza en dirección a Monastiraki, que era donde se encontraba mi hotel. Créanme que había hecho unos metros y a mis espaldas, aún resonaban las risotadas de los jóvenes y el ruido ensordecedor que hacían sus valijas rodantes al estrellarse contra el empedrado.

Mi estadía en la ciudad ya era un hecho, pero inexplicablemente, la duda acerca de cómo seria la ciudad se había disipado. Quizás por que en mi cabeza solo había espacio para un solo pensamiento: Atenas, la cuna del saber y de búsqueda del bien común como fin último, una vez más no podía mostrarse ampulosa al verse opacada por la invasión de los romanos.

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