23/7/10

La Gara Nord, una muestra dantesca de la sociedad rumana


Algún día alguien tendrá que explicar por qué las estaciones de trenes siempre están ubicadas en zonas marginales y se alzan como el caldo de cultivo para que florezcan las debilidades y bajezas más grandes de la condición humana. Y Bucarest no es la excepción.

Emplazada en una de las zonas más alejadas del casco urbano, la Gara Nord es la estación de trenes que comunica a Bucarest con el resto de las capitales europeas. En su aspecto es más que llamativa, dado que fue construida en 1872 y si bien por entonces siguió el modelo arquitectónico y estético que se imponía en París, hoy se encuentra en un estado de descuido y abandono que la colocan en el ranking de las más desagradables e inseguras del mundo.

Por ella a diario pasan miles de turistas, viajeros y foráneos, quienes atascan los pasillos previos a los andenes y se alejan del desvencijado hall de entrada, repleto de vidrios rotos, perros abandonados que encuentran allí un lugar donde sobrevivir al frío del crudo invierno rumano y decenas de vagabundos, prostitutas y mercaderes del placer artificial que hacen su agosto vendiendo todo tipo de sustancias que prometen el acceso al paraíso en cuestión de segundos.

Una mañana, en mi afán por ir tras los pasos del vampiro mas famoso de la historia, llegué a la estación para averiguar horarios de salida y diferentes tarifas hacia Transilvania. Luego de hacer las averiguaciones en boletería – y de haberme resignado a no ir, ya que según me informó la empleada se había producido un importante deshielo desde los Cárpatos y se encontraban las vías anegadas – me dirigí a uno de los baños ubicados en los subsuelos del hall central.

Apenas bajé las escaleras sentí un hedor pestilente que me hizo sentir unas ganas importantes de no querer permanecer en ese lugar mucho tiempo más de lo que durara el fin para el cual había llegado hasta allí. El lugar era oscuro, sórdido, con las paredes húmedas, pintadas de varios colores y con muestras de revoques desprolijos exhibidos como un puzzle desordenado.

En la puerta de entrada, una mujer setentona vestida con un pollerón de gabardina verde, polainas de lana multicolor y un gorro de piel igual al que usaban los cosacos en la Rusia bolchevique cobraba la suma de 1 lei para permitir la entrada a los servicios. A la vez que oficiaba de cajera oficial del servicio sanitario, la mujer cortaba trozos de papel higiénico rosado (los cuales entregaba a cambio del pago de acceso) mientras que, entre otras actividades, armaba pequeños ramos de gladiolos anaranjados para venderlos a quienes, luego de salir del baño, intentaran quedar bien con algun ser querido o bien conquistar el corazón de una futura promesa.

Si bien la anciana era una postal genuina de un comunismo que no quiso hacerse eco de la caída del muro de Berlín, fue al descender finalmente y entrar en la sala de mingitorios donde tuve mi mayor sorpresa, ya que descubrí algo que para nuestra idiosincrasia se hace imposible de comprender: en Bucarest los baños públicos son mixtos.

La escena que se presentaba ante mí era realmente dantesca. Mientras una gitana lavaba la cara de su pequeña hija sollozante en una pileta de mármol y con agua helada, un turco orinaba de espaldas en un mingitorio mientras que, detrás de él y en un cubículo con inodoro y sin puerta, otra mujer estaba impúdicamente sentada haciendo sus necesidades como si nadie más estuviera en el lugar, mientras vociferaba no se que cosa en lengua rumana.

Salí de allí tan inmediatamente como pude. Al pasar delante de la mujer regordeta de la entrada, vi que en la pared tenía colgada, como si fuese una estampa de un santo, una foto de Nicolae Ceauceascu acompañada de una inscripción en rumano que jamás entendí. Ya afuera del infierno subterráneo en el que había estado saqué mi atado de cigarrillos para encender uno y reponerme del desagradable momento vivido. Al instante, y como si me hubiese estado vigilando, un vagabundo con olor a bebida y un deterioro lastimoso cojeó hasta mí para pedirme uno, usando nada más que el lenguaje de las señas.

Le convidé uno y me dirigí hacia el hall de entrada de vidrios rotos y puertas de hierro negro recargadas de esculturas del más rancio constructivismo ruso. Allí, mientras un grupo de jóvenes gitanos fumaban y bebían sin parar, un loco con un pañuelo en la cabeza bailaba al ritmo de una canción que sonaba desde uno de los parlantes ubicados en el techo de la estación. Cuando ya estaba afuera y empecé a alejarme del viejo edificio volví a hacerme la misma pregunta con la que comencé este relato: ¿Por qué las estaciones de trenes siempre terminan siendo el escenario para que se desarrollen las zonas más oscuras del hombre?.

Karl Marx expresó alguna vez una frase cautivante y comprometedora: “Nada de lo humano me es ajeno”. Quizás, si tomamos en cuenta la esencia de ese pensamiento podamos acercarnos a lo que más se parezca a una lógica respuesta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails