20/7/07

La Villa: centro devocional de la Virgen de Guadalupe

El complejo dedicado a la Virgen de Guadalupe en la ciudad de México (junto a la Catedral de Santiago de Compostela en España y la Basílica de San Pedro, en el estado Vaticano) es uno de los centros católicos más importantes del mundo. Año tras año, por sus basílicas, conventos y templos, millones de personas provenientes de todas partes llegan hasta allí para dar sus pruebas de fe a la protectora de los mexicanos, a la cual la Iglesia católica no ha dudado en reconocer no sólo como la virgen más milagrosa, sino como la que mayor cantidad de adeptos ha alcanzado en todo el mundo (los últimos datos de Roma, arrojan una cifra cercana a los 90.000.000 de fieles diseminados entre cerca de 30 países).

Si bien mucho se habla de ella y de los cientos de milagros que los más altos jerarcas de la curia romana han podido comprobar, la historia de esta milagrosa virgen ha sido desde hace cinco siglos, uno de los misterios de fe más conmovedores que ha revelado la iglesia, después de algunos pasajes fantásticos del Antiguo testamento o de la vida de Jesucristo.

La historia de la Virgen de Guadalupe se remonta a 1531 (exactamente una década después de que Hernán Cortés llegara a México) año en que se le presentó de improviso al indio Juan Diego, mientras éste pastaba sus ovejas en las colinas del Cerro Tepeyac (actual territorio donde se encuentra ubicado el complejo de la Villa). En dicha aparición le comunicó que ella sería la encargada de proteger al pueblo mexicano y que él había sido el elegido para dar testimonio de su existencia, para lo cual le entregó un centenar de rosas intentando que con ellas, él pudiera demostrar la veracidad del encuentro.

Así es como Juan Diego tomó las flores y las arropó en su poncho, pero grande fue la sorpresa cuando al llegar al pueblo e intentar comunicarles la buena nueva, se dio cuenta de que las flores habían desaparecido y que inesperadamente, sobre el pecho de su vestimenta, estaba pintada a la perfección la imagen de aquella mujer que horas antes le había hablado en lo alto del cerro. Desde entonces, el milagro de fe de esta virgen se ha transmitido de generación en generación, constituyéndose a lo largo de los siglos en uno de los mayores íconos de la cultura azteca.

En la actualidad, poco queda de lo que era el Tepeyac de aquellos años. Con el correr del tiempo (cuando apenas comenzaba el siglo XVII), los fieles promovieron la construcción de la Antigua Basílica y algunas décadas más tarde, se finalizaron las obras del Convento de Capuchinas y del Templo del Pocito. Pero la obra más significativa dentro del complejo fue aquella que en 1974 posibilitó la edificación de la nueva Basílica, de corte netamente modernista, la cual le dio al centro ceremonial una renovación en el estilo sobrio y clásico que se le había intentado imprimir tres siglos atrás.

Dentro de la nueva basílica, hay tres puntos imprescindibles que el viajero que llegue allí no puede dejar de ver. Uno de ellos es el moderno altar donde se celebra el santo oficio (sobre el cual pende una enjambrada instalación de luminarias, las más extravagantes que se hayan visto jamás y que representan las rosas que le brindara la Virgen al indio Juan Diego como muestra de su existencia). El otro punto de gran atractivo son las criptas que se encuentran en el subsuelo y que tienen casi 15.000 nichos y 10 capillas que sirven para recordar los difuntos que allí descansan.

Virgen de Guadalupe

Pero sin lugar a dudas, el verdadero imprescindible es el lienzo original del poncho de Juan Diego, en el cual se imprimió la primera imagen que se tuvo de la Virgen de Guadalupe. Ubicado tras un vidrio especial, la pintura fue colocada a varios metros del piso, y los turistas pueden apreciarla (y poder fotografiarla sin flash) pasando por debajo ella, a través de una cinta mecánica que los transporta en línea recta hacia el lateral izquierdo del altar mayor.

A un costado de este nuevo edificio, en la década del ochenta se erigió un interesante monumento a Juan Pablo II, el cual se moldeó con el bronce que fundieron de las miles de llaves que el pueblo mexicano donó para tal fin, y algunos años después, luego de la última visita del prelado al país, se colocó a modo de recordatorio, el famoso “Papamóvil” blindado que se le facilitó para que se pudiera desplazarse de forma tranquila por el Distrito Federal.

Uno de los recorridos más interesantes y atractivos que ofrece este complejo (y que a mí, en lo personal, más placer me dio) es el que comienza en las escalinatas de ascenso al Tepeyac y culmina con el llamativo conjunto escultórico denominado La Ofrenda, en el cual se puede ver una acabada representación del momento en que apareció la Virgen, reconstruida con esculturas de casi cuatro metros de altura y enmarcada por bellísimos jardines y una cascada tal cual como la que había en el cerro por aquellas épocas.

Otro espectáculo imperdible, es el que sucede a diario, cerca del mediodía en el campanario de la Basílica de Carrillón (ubicado frente a la nueva basílica y a un costado de la Iglesia del Pocito) donde si se tiene paciencia, se puede disfrutar de una representación en la que se relata con voz en off, música y luces, el episodio del encuentro entre la Virgen y Juan Diego.

Una visita a la Villa es casi una obligación cuando se está planeando una estadía prolongada en la Ciudad de México. No sólo por que el viajero podrá admirar en ella algunas de las maravillas arquitectónicas mejor conservadas desde el barroco, sino por que además, en cada uno de sus rincones, tendrá la oportunidad de sentirse parte de uno de los misterios de fe más grandes del catolicismo hispanoamericano.

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