25/7/10

Mujeres, muchachos...Little Boys


Una de las primeras lecturas que hice como propias cuando descubrí un placer innato en esto de contar historias vividas en diferentes lugares del mundo fue La Guerra moderna de Martín Caparrós. Entre algunas de las crónicas que conforman ese volumen, el autor cuenta una experiencia vivida en Ceylán, en la cual dice haber conocido a una familia que le ofreció los servicios sexuales de su pequeño hijo a cambio de una paga que equiparaba en dinero, al de una bolsita de té.

Lo cierto es que cuando se lee algo así, el primer pensamiento que sobreviene es aquel que emparenta dichas situaciones con una cuestión de identificación cultural y, quizás, como esquema propio de defensa, uno apela a pensar que ese tipo de prácticas suceden a miles de kilómetros de nuestra realidad y que, rara vez, nos topemos con ellas. Pero a veces sucede que, en el mundo globalizado en que vivimos, la famosa frase de Susanita de Quino que decía: “Por suerte el mundo queda tan lejos” suele quedar desuetuda y terminamos encontrándonos frente a situaciones que, hasta ese momento, sólo parecían tener lugar en algún libro de crónicas viajeras o en los informes televisivos, manipulados y amarillos de algún canal extranjero.

Y algo de eso me sucedió apenas llegué a Bucarest. Luego de hacer el ingreso en un hotel de lujo (aclaro de lujo dado que no es un dato menor, si se tiene en cuenta lo que voy a relatar) y lindante al aeropuerto internacional Otopeni, uno de los miembros de la recepción me dio la bienvenida y, luego de llenar una serie de papeles - que más se parecián a la solicitud de un préstamo para una hipoteca que un ingreso a un hotel - me llenó de folletería, volantes, tarjetas y publicidades de todo tipo, las cuales reconocí a primera vista, como información interesante para moverse en la ciudad.

Una vez instalado en la habitación recibí un llamado telefónico de uno de los conserjes que, al ver mis limitaciones con el inglés al momento de reportarme en la recepción, me avisó amablemente que tenían un empleado que hablaba muy bien el español y que me podía dirigir a él en caso de tener alguna necesidad respecto de mi estadía en el hotel. Luego de agradecer y colgar el teléfono, me di cuenta de que si bien el hotel era muy confortable y acogedor, se encontraba a casi 15 kilómetros del centro de la ciudad, con lo cual, por ser el primer día allí me surgió la necesidad de pedir un taxi.

Teniendo en cuenta el llamado de hacía unos minutos, me dirigí a la recepción y pedí por el empleado que hablaba español, dado que solicitarles que me pidieran un taxi, en mi empobrecido inglés iba a ser más que engorroso. Así es como en cuestión de minutos apareció frente a mí un hombre de unos cuarenta años, prolijamente vestido y con una gran cantidad de pines (de igual estilo que las cocardas multicolores que portan los empleados de Mc Donald´s cada vez que logran un objetivo comercial) y me preguntó que en que me podía ayudar. Le expliqué que necesitaba un taxi que me acercara hasta algún punto céntrico de la ciudad y, antes de que terminara la frase, marcó en un viejo teléfono de disco el número del radiotaxi.

- En quince minutos estará aquí, señor, me dijo en el mismo momento en que yo ya había ocupado uno de los mullidos sillones ubicados en el hall de entrada y me disponía a hojear una revista que en la tapa tenía una foto del castillo de Drácula y un título que decia Romanian Tourism. Mientras pasaba las hojas del magazin, noté con sorpresa que sólo la primera hoja contaba con información turística y que, las treinta restantes, lejos de contar con información detallada de los principales monumentos y actividades culturales de la ciudad, exhibían una apiñada cantidad de publicidades en las que se ofrecían servicios sexuales desde los más tradicionales hasta los más sofisticados y extraños ( por ejemplo una tal Nadja ofrecía un show en el hotel junto a su caniche Fru-Fru, exóticas vampiras hacían "Body Massage", mujeres orientales prometían un viaje a Asia solamente con los sentidos y hasta una pareja swinger exponía su humanidad como mesa para degustar platos típicos).

Un poco incómodo con el material que tenía entre las manos, levanté la vista y al mirar a la recepción ví que el empleado me miraba fijamente, a la vez que me esbozó una sonrisa en la cual noté cierto dejo de complicidad. Asentí cortésmente y volví mi mirada a las páginas en las que desfilaban un sinfín de mujeres rubias, pelirrojas, morochas, todas desnudas y con números de teléfonos sobreimpresos en sus cuerpos preparados para el combate.

Cuando había pasado ya media hora y el taxi no se había hecho presente, dejé la revista en el sillón y me acerqué a la recepción, pero antes de que llegara a ella, el empleado se me adelantó y me interceptó a mitad de camino.

- Espére unos minutos, me dijo, debe haber mucho tránsito a la salida del aeropuerto. El tráfico es terrible a estas horas.

Le agradecí por su amabilidad y noté que quería decirme algo, pero visiblemente no se animaba.

- Quiero decirle que cualquier cosa que necesite, no tiene más que avisarme.

- Muchas gracias, muy amable. Le respondí

El hombre seguía mirándome como esperando que yo pudiera expresarle un deseo que él pudiera satisfacer.

- Lo que sea, a cualquier hora, me llama a este teléfono y yo se lo consigo.

El verbo “conseguir” conjugado en primera persona fue el que me hizo caer en la cuenta de qué tipo de diálogo estábamos teniendo y, al instante, descubrí cuáles eran los “pedidos” o “favores” que podía solicitarle al señor.

- Muchas gracias, cualquier cosa le aviso, contesté secamente.

Algo nervioso y con un dejo de complicidad se acercó a mí y casi susurrando me dijo:

- Mire… aquí en Bucarest tenemos lo que usted pida. Usted me avisa una hora antes y yo le consigo lo que desee, según su preferencia. Tenemos mujeres muy bonitas, muchachos fornidos y…

Hizo un silencio. El tiempo que tardó en terminar la frase pareció durar una eternidad. El hombre miró hacia arriba y tuve la sensación de que buscaba una palabra que definiera en español lo que me quería decir, pero parecía no recordarla, hasta que finalmente me dijo en un tono mucho más bajo del que había usado hasta entonces:
- Olvidé como se dice en español…

Y acto seguido finalizó la frase con dos palabras que nunca hubiese querido escuchar: “Little boys”. Enseguida entendí que los “Little boys” a los que se refería nada tenían que ver con los muchachos fornidos a los que se refirió minutos antes, y que estaban más cerca de los niños de Ceylán que contaba Caparrós que de un taxi boy versión valaca.

Quedando a la espera de una respuesta, el hombre sonrió y se dirigió hacia la recepción. Antes de llegar me
gritó: 

- Mi nombre es Vladimir. ¡A sus órdenes!

Entre descolocado y sorprendido, me dí media vuelta y descubrí que,ya en la entrada, se encontraba el taxista, quien pasó por la puerta giratoria balbuceando mi nombre y apellido. Subí al taxi ultramoderno y le pedí que me llevara hasta el Arcul del Triumf. En la radio un locutor hablaba en rumano y afuera, la niebla hacía imposible identificar nada.

El hombre que manejaba me preguntó si era argentino y a la vez que sonreía, empezó a enumerarme el rosario icónico por el cual se nos identifica en el mundo: Evita, Maradona, el Tango y hasta un impensado “Ogrou Fabbiani”. Las palabras del chofer resonaban huecas en mi cabeza. Lo escuchaba pero no lo oía.

Yo no podía pensar en otra cosa más que en la propuesta que me habían hecho minutos antes. Y ahí me sobrevino un pensamiento: el simpático personaje de Quino se había equivocado al decir que por suerte el mundo quedaba “tan lejos”. A veces, dolorosa y tristemente, esos mundos hostiles y aterradores están más cerca de lo que uno piensa.

(La Fotografía que ilustra esta nota fue extraída del website de Amnesty International©)

2 comentarios:

  1. Verdaderamente terrible esto que cuentas. Soy mexicano y vivo en Buenos Aires desde hace 3 años. En mi país tambien abundan estos casos y es cada vez peor. Los presidentes de estos paises tendrian que legislar mucho mas para proteger a estos niños que son ofresidos como mercancia en turismo sexual.

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  2. Que asco de tema. La prostitucion infantil es una de las cosas mas horrorosas que puede hacer el hombre. Hace poco leí que hay jueces, abogados y hasta políticos europeos que viajan a Europa del este y algunos sitios de america latina para saciar su hambre pedófilo. Coincido con el periodista en que el infierno a veces está mas cerca de lo que uno píensa.

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