4/8/09

Puente Karlo: un emblema de la vida praguense

Uno de los tantos músicos callejeros que pueblan el puente a diario
 Cuando se llega al final de la Karlova, inevitablemente aparece ante los ojos del viajero el bellísimo Puente Karlo (Karluv Most en checo) macizo eslabón de piedra que une la zona de la ciudad vieja con Mala Strana, tal como se conoce a la región que se encuentra en la otra orilla del Moldava.

Llegar a él implica uno de los momentos mas emocionantes del viaje, por varios motivos; en primer lugar por que es una de las muestras más acabadas y mejor conservadas del arte románico que queda en Europa central, y por el otro, por que oficia de proemio o introito a algunas de las maravillas que se esconden en los adoquinados irregulares que llevan al Castillo del Hradcany, uno de los puntos más altos e interesantes de la ciudad.

Con una longitud de 520 metros y un frondoso pasado en su haber, el puente fue mandado a construir por Carlos IV en el año 1357. Cuentan los historiadores que, como muchos otros sitios de la ciudad, fue recargado de elementos esotéricos gracias al aporte de un grupo de magos, astrólogos y metafísicos que aportaron algunas sugerencias a la hora de diseñarlo. Pero al parecer, no sólo de simbología decorativa se habrían tratado sus recomendaciones, ya que al parecer, le habrían pedido al rey que eligiera la fecha del 9/07/1357 para llevar a cabo la fundación, con especial énfasis en que se hiciera exactamente a las 5:31 am. La razón de ser aparentemente radica en que si se unen todos los números (135797531) se obtiene una cifra capicúa (de igual significancia si se lo lee en forma ascendente y descendente) que tendría encriptada en su esencia una fuerte protección para el puente, tanto, que años más tarde algunos consejeros reales decidieron grabarlo en el interior de la Torre de la Ciudad Vieja.

ARTE, HISTORIA Y EL MOLDAVA A SUS PIES

Escena que evoca las torturas del medioevo
A medida que se comienzan a dar los primeros pasos sobre el frío y antiguo adoquinado que lo conforma, el viajero se dará cuenta de que no es posible atravesarlo rápidamente sin detenerse en algunas de las tantas minuciosas piezas y elementos que lo pueblan a lo largo de su longitud.

El primer stop que hay que hacer en un paseo por este singular puente es sobre algunas de las 32 estatuas que lo engalanan en ambas márgenes, y que representan una parte importante de la vida sacra de la República Checa, ya que muchas de ellas son representaciones de santos nativos (como Santa Ludmila, San Wenceslao) o bien de personajes religiosos del mundo occidental cristiano (Hay una reproducción de La Piedad, San Juan Bautista, e incluso un Cristo crucificado que data del S. XVII y que se encuentra perfectamente conservado).

Pero si bien todas estas estatuas son muy llamativas y se merecen que se detengan unos minutos frente a ellas para contemplarlas, hay una que se lleva todas las miradas (e incluso una veneración especial) y es la de San Juan Nepomuceno, uno de los santos más queridos ya que fue adoptado por los checos como el protector oficial de la ciudad. Desde entonces, este santo se ha transformado en el protector de los viajeros y dicen que – al igual que quienes arrojan la moneda en la Fontana di Trevi se aseguran una vuelta a Roma- quienes tocan sus pies, sus manos o su corazón, además de estar protegidos durante el viaje, se aseguran un regreso a Praga.
San Juan Nepomuceno es una de las grandes atracciones que presente el Puente a lo largo de su longitud

El puente además de ser uno de los sitios más emblemáticos de la ciudad ofrece un espectáculo aparte, ya que alberga a un sinfín de artistas, artesanos, vendedores, músicos y otros personajes que le dan, a diario, el carácter de postal infaltable que desde hace décadas viene demostrando.

Al llegar a la mitad del puente verán que hay una bajada de piedra en forma de escalinata, ornamentada según el estilo renacentista, y que luego de descenderla los dejará en los adoquines de la Isla de Kampa, un pequeño islote que se alza como mini-urbe y que los checos han sabido aprovechar de forma muy inteligente al anexarla al perímetro urbano y destinarla para que allí se lleven a cabo exposiciones y muestras de arte, además de contar con uno de los espacios verdes más bellos de la ciudad.

Isla de Kampa

Una vez que se atraviesa el puente en su totalidad y se llega a la Torre de Mala Strana, (pieza de estilo gótico con una aguja muy parecida a la que engalana la Catedral del Tyn, y desde allí) quienes deseen podrán ascenderla y tendrán desde ella una de las vistas de la ciudad con el Moldava como no verán desde ningún otro punto del casco urbano.

Al otro lado de ella, las enjambradas callejuelas de Mala Strana comienzan a mostrar tímidamente algunas de las piezas arquitectónicas mas curiosas de Praga así como las fascinantes casas de marionetas, en las cuales será imposible que los visitantes no desempolven el niño interno que habita en cada uno de ellos y que les hará sentir que, inevitablemente, se encuentran en una de las ciudades más bellas, enigmáticas e interesantes de Centroeuropa.

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