30/11/10

Camino a Varsovia (O de cómo sobrevivir a un bus comunista)

Algunos me habían dicho que la comunicación férrea entre Praga y Varsovia no era buena. Vuelos ya había comprado demasiados (incluso a esa altura del periplo quería descansar de la agotadora tarea que implica estar en un aeropuerto dos horas antes) así que mi decisión fue llegar a la tierra de mis ancestros nada más y nada menos que en autobús.

Nunca los había utilizado en Europa y me pareció que era ese un buen momento para largarme a la aventura de atravesar Polonia a bordo de uno de ellos, sobre todo teniendo en cuenta dos razones: la primera, por que me iba a permitir conocer las afueras de la capital checa y sus ensoñadores encantos y, la segunda, por que me daría la posibilidad de llegar por via terrestre y vivir la experiencia de tener que identificarme en el puesto fronterizo como había visto en tantas películas de la segunda guerra mundial,desde muy niño.

Así es como con el billete en mano tomé el metro hacia el cementerio de Praga (ubicado casi en las afueras de la ciudad) y,allí, frente al largo y blanco muro que dejaba ver las lápidas que asomaban irregulares y recargadas de flores, me senté frente al autobús que en lengua checa decía “Varsovia”. Como aún faltaba una hora para que el autobús emprendiera la marcha hacia tierras polacas, saqué mi bloc de notas y comencé a plasmar los últimos dos días en Praga, ya que debido a que habían sido intensos, no había tenido tiempo de detenerme a escribir.

A los pocos minutos, como si hubiesen estado espiándome y esperando a que sacara mi bloc, desde las cuatro esquinas del cementerio comenzaron a llegar personas de las mas variadas edades, munidas de valijas, abrigos y pasaportes en mano que  se colocaron detrás de mí aguardando a que alguien se acercara al bus que estaba estacionado delante de nuestros ojos y que, a mi, como primera impresión, me dió una idea de cómo serían las las doce horas de viaje hasta llegar a la capital polaca.

Mientras el tiempo pasaba, a la vez que escribía en mis apuntes, de a ratos levantaba la vista e intentaba descubrir, sin que se dieran cuenta, quiénes serían mis compañeros de travesía. A la primera que vi fue a una joven con una cara y un corte de pelo muy afrancesado que llevaba en sus manos un soberbio libro de física (el cual reconocí como tal por que estaba titulado en alemán). Detrás de ella, un hombre de unos cuarenta años y con una barba que nada tenía que envidarle a la de un sacerdote ortodoxo griego, bostezaba sin parar a la vez que de su boca se escapaba lento un humo vaporoso que hacía caerme en la cuenta de lo baja que estaría la temperatura por esas horas.

Cuando estaba intentando enfocar al tercer personaje de la fila, desde uno de los costados del bus apareció una mujer de unos treinta años, quien se presentó como la “azafata” del viaje y,en polaco y de muy malos modos, (recuerdo que sólo dijo en inglés: “I speak only Polski”) pidió que todos tuviésemos el pasaporte y el billete en la mano, antes de comenzar a subir.

Le entregué mi pasaporte y lo miró como quien mira a un insecto del cual se desconoce su procedencia y, con la cabeza, me hizo un ademán de que subiera. Una vez ya arriba me ubiqué en el segundo asiento y me dí cuenta de que no sólo el vehículo tenía sus años sino que, además, había sido usado en épocas del comunismo (mi suposición se materializó al ver las inscripciones en ruso y  los asientos forrados en pana marrón, descolorida, desvencijada y con ese olor tan particular que ni el mejor de los desodorantes fabricados por capitalistas puede quitar)

Afuera comenzó a nevar. La ventanilla manchada con excrementos de pájaro no me dejaba ver con claridad la imagen que se alzaba ante mis ojos. Colgada sobre el pescante y con medio cuerpo afuera de la puerta, la grotesca azafata comenzó a gritarle a dos jóvenes bielorrusos, quienes, al parecer, no tenían los papeles en regla y que ni ella ni el chofer del autobús querían que subieran, dado que serían un estorbo a la hora de hacer el ingreso en la frontera polaca ya que retardarían nuestro trámite.

Finalmente, los jóvenes se fueron despotricando en ruso y el bus se puso en marcha. En el asiento de enfrente, una joven polaca hablaba desde su móvil en un idioma que me pareció que solo ella y el diablo podían entender. La otra muchacha, de cara afrancesada, se recostó detrás de mí entre dos asientos y se sumergió entre las fórmulas y gráficos de su gigantesco libro de física. Al fondo, el hombre de barba empinó una petaca metálica hasta el final y, luego de acomodarse y cruzarse de brazos, se entregó sin reparo a lo que más se parecía iba a ser un ensayo de sueño eterno.

Sólo hicieron falta unos pocos minutos para comprobar mis suposiciones acerca del deplorable estado del vehículo. Al entrar en la ruta la carrocería comenzó a moverse como si se fuera a desplomar, a la vez que un ruido suave pero intensamente molesto se desató para no parar hasta el descenso final en la estación de Zachodnia, en las afueras de Varsovia.

Cuando promediaron las dos o tres horas de viaje y el sol comenzó a caer, el señor de la petaca se acercó de malos modos a la azafata y le preguntó si en algún momento prenderían la calefacción por que nos estábamos congelando. La joven le respondió con un grito también y, al ver la actitud con la que el hombre volvió a su asiento, supuse que la respuesta que recibió había sido negativa.
 
Las nueve horas siguientes se hicieron interminables. El clinclan de la carrocería se transformó en una tortura sostenida como un rayo incesante en el tímpano de todos los que íbamos a bordo. Decidí leer mi diario de viaje para rememorar  lo vivido e, incluso, para  agregar algún dato que hubiese omitido cuando lo escribí, pero fue imposible; el frío y el ruido me impedían concentrarme. Por suerte la nieve había escarchado la mierda de paloma y había dejado la ventanilla limpia, cristalina, tanto que la transformó en una pantalla de cine en la cual me pude entretener viendo proyectados los más bellos paisajes que los últimos kilómetros del territorio de República Checa me regalaban a su paso.

Cerca de las siete de la tarde y, en medio de un vendaval, llegamos a la frontera polaca. Al llegar, el chofer apagó el motor del bus y la azafata, producida como si fuese a un casting para una película porno, nos pidió los pasaportes y bajó con ellos para dárselos a la policía. Apenas bajó comenzó a coquetearlos con el lenguaje universal de quienes quieren seducir, y los dos militares, con sus cabezas calvas desnudas bajo la intermitente nieve que caía, le sonrieron a la vez que comenzaron a abrir cada uno de los documentos para sellarlos.

Mientras aguardaba el control ella prendió un cigarrillo y, luego de pitarlo histéricamente, volvió al bus. Afuera, a unos metros de nosotros y dentro de un jeep, los policías observaban de forma exhaustiva  cada uno de los pasaportes e intentaban relacionarlos con algunas de las caras que los espiaban detrás de las ventanillas empañadas. Terminado el papelerío, los gendarmes subieron y nos dieron a cada uno el pasaporte. 
Ya estaba en la tierra de mis abuelos. Había pasado sin dificultades el paso fronterizo y ni siquiera se inmutaron al ver que un argentino con apellido polaco intentaba ingresar al país. Me sentí muy gratificado. El sacrificio bien había valido la pena. El círculo de la semilla había comenzado a cerrarse.

La llegada a la terminal de Warszawa-Zachodnia fue a las dos de la mañana en vez de a las doce de la noche como se había previsto. Al llegar todo estaba cerrado. La espesa nieva había cubierto el paisaje por completo y el termómetro ubicado en una de las columnas de la sala de espera marcaba los ocho grados bajo cero. Miré a mi alrededor y en medio de la desolada oscuridad, a unos metros,ví un solo taxi estacionado y con las luces apagadas.

Me acerqué y al ver al conductor duermiendo en su interior, intenté hablarle en inglés.
- ¡Polski, Polski! me dijo. ¡No english!
Me hubiese encantado poder explicarle que yo tampoco hablaba inglés y que seguro entendería más su polaco que el idioma universal que todos dicen tanto se habla en todo el planeta. Sabiéndolo mi única esperanza, le dí la reserva de hotel y la leyó. Durante algunos minutos se quedó pensativo y luego me asintió con la cabeza dándome a entender que me llevaría.

Minutos después, el hombre de gorro de lana rojo y cuerpo de boxeador, estacionaba el auto en un típico barrio de monoblocs de estilo comunista. La calle era la que decía la reserva de hotel y la numeración, la misma. De hotel, pensión u hostel no había ni rastros. Miré cuanto marcaba el reloj del taxi y le pagué. Me bajó la valija y dando un portazo al auto aceleró y se perdió dejando una estela de humo.

El callejón era por demás oscuro y, el frio, demoledor. Me quedé unos minutos aferrado a mi valija sin saber donde estaba. Delante mío, un portero lleno de timbres esperaba que le toquen el justo y necesario, no otro. Busqué el número que ponía mi reserva y para mi sorpresa, noté que en vez de un hotel figuraba un nombre de persona. Apreté con valor el timbre y del otro lado una voz contestó seca. Lo que sucedió de allí en más, créanme, es una historia para otro posteo.

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