9/2/11

Gizah: la morada de las pirámides y la Esfinge

La entrada a las pirámides me demostró el nerviosismo que empezaba a copar el lugar y que, en días posteriores, terminaría por convertirse en una condictio sine qua non para cualquier persona, sea egipcia o no. El control de la entrada al complejo estaba a cargo de policía turística, a quienes lejos de vérselos amables con los viajeros,se los notaba con una mezcla de apatía y desconfianza que asombró hasta al mismo Ahmed, quien hacía ese ingreso casi a diario.

Pasé el control policial y ya dentro, Ahmed intentó comunicarse con su familia, lo cual parecía haberse convertido en un imposible, no sólo para él sino para los ciento de turistas que intentaban lo mismo sin éxito. 

- No sé que sucede, no puedo realizar la llamada, dijo al mismo tiempo que intentaba marcar una vez más el número. Quedó en silencio unos minutos y nada. Ya dado por vencido y con la gigantesca pirámide de Giza que se nos venía encima como un coloso de piedra, olvidó la comunicación y me dio una de las explicaciones más completas y mejor relatadas que había escuchado en años.

Frente a la gran pirámide de Keops la policía rodeó los monumentos más importantes y se notaba que intentaban comunicarse via handy con sus superiores, quienes seguro les pasaban la información con lo que iba aconteciendo en El Cairo. Allí nada de eso se notaba, salvo en el nerviosismo de los policías y los guías, quienes tenían a su cargo la seguridad de los turistas, bienes preciados en Egipto como cualquier joya de faraón.

- Tienes media hora para tomar fotografías y luego nos encontramos en el auto. 

Lo vi alejarse mientras seguía insistiendo con el teléfono. Me mezclé con la heterogeneidad humana que colmaba el lugar (chinos, rusos, americanos, turcos, judíos, árabes), tomé una gran cantidad de fotos de la pirámide (tantas como para asegurarme poder verla en tres dimensiones por si no volviera nunca más) y a lo lejos divisé a un grupo de beduinos en camello que se perdían minúsculos en la inmensidad del desierto.


Pasados los treinta minutos volví al auto y ya lo noté nervioso. Me dijo que tendríamos que apurarnos por que había una posibilidad de que a media tarde cortaran los accesos a la ciudad, con lo cual se nos podía complicar el regreso al hotel. Raudamente partimos a escasos kilómetros hacia las pirámides de Kefrén y Micerino, las dos mas pequeñas dentro del complejo. Allí hicimos fotos y prácticamente volamos hacia la Esfinge, que se encontraba en la otra punta del lugar.


Cuando llegamos a la esfinge lo primero que nos dijeron fue que nos apuráramos por que en quince minutos cerrarían la zona por seguridad, dado que la manifestación de El Tahir se estaba desmadrando de un modo que no sabían en que podía desembocar. Así, como último deseo de condenado a muerte, Ahmed me contó sintéticamente una historia que yo ya conocía y me hice algunas fotos para inmortalizar mi encuentro con la gran señora de piedra.

En la entrada de la esfinge regateamos una escultura de bronce y ví como mientras pactábamos un precio razonable para ambas partes, los vendedores de al lado iban levantando sus puestos ante los gestos de los policías que, ya a esa altura, a los gritos, pedían que nos vayamos de la zona.
El regreso fue un caos. La carretera que a la mañana se presentó como tranquila y silenciosa a las cuatro de la tarde se había convertido en el escenario donde una multitudinaria procesión no dejaba hueco por donde escapar para llegar a destino. Mujeres con carteles en árabe y en inglés pedían la liberación del país y la caída de Mubarak. Hombres con niños en los brazos hacían lo mismo y miles de estudiantes vitoreaban y cantaban de un modo que se traducía, para quienes no participábamos de la manifestación, en un acto violento. Cientos de egipcios ocupaban los balcones y con sus cámaras digitales fotografiaban lo que ellos pensaban sería el despertar de un largo sueño de treinta años.

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