18/5/11

La Mezquita Azul: donde la devoción se hace arte





Aunque muchos historiadores del arte digan lo contrario, por muchos motivos, la Mezquita Azul bien podría ser considerada como la hermana gemela de la Hagia Sofía. Ubicada justo enfrente de aquella y formando parte del Complejo de Sultan Ahmet (formado por la Hagia, el Obelisco, el Hipódromo y las Columnas de Constantino y de las Serpientes enroscadas) este edificio tiene personalidad propia y ha logrado, a lo largo de los años, una belleza que nada tiene que ver con el resto de las mezquitas de Estambul.

La primera diferencia que veo apenas ingreso en el espacio donde se alberga (en relación a otras, como la Hagia por ejemplo) es que ésta no es museo-mezquita y sólo está destinada a un uso sacrosanto, razón por la cual sólo pueden acceder hombres (sean o no del rito islámico) siempre y cuando cumplan con el requisito previo de lavarse los pies en cualquiera de los lavatorios que se encuentran en la entrada principal y que ingresen al templo descalzos, ya que debido al importante número de gente que pasa por día a orar o a conocerla, deben cuidar las condiciones de higiene y de preservación de las bellísimas alfombras de estilo persa que tapizan el suelo.

Traspaso el pórtico de entrada y, mientras prosigo la marcha más allá del jardín, me doy cuenta de que éste se parece al que ideó Lewis Caroll para Alicia en el país de las maravillas, pero en miniatura. Subo con ahínco la tremenda escalera de piedra grisácea (que no solo es enorme sino que además tiene una distancia grande entre escalón y escalón) y lo primero que observo es una inscripción gigante en lengua árabe - de letras doradas sobre un verde esmeralda fulgurante - de la cual me entero unos minutos después que es otro fragmento del Corán (diferente al de la Hagia Sofía) y que oficia de bienvenida a todos aquellos que decidieron visitar una de las tantas casas donde habita Alá.

Es una fresca mañana de domingo, el viento húmedo de mar se cuela rápido entre las ropas, pero parece no ser un condicionamiento ni para las familias que asisten en masa al lugar, ni para los hombres que en un verdadero acto de valentía (y de hombría) se quitan los zapatos, las medias e introducen sus pies bajo el helado chorro de agua fría, a la vez que los enjabonan con fruición, quizás para terminar rápido con el tedioso requerimiento antes de encontrarse en comunicación con su Dios. 

Me siento en uno de los bancos del patio central y observo el movimiento humano que tiene lugar allí. Las primeras que llaman mi atención son las mujeres, a quienes se les prohíbe rotundamente la entrada y que deben esperar a sus maridos afuera. Esto, si son solteras -o viudas- no es problema, ya que aprovechan ese momento de incordio para ponerse al día con otras mujeres del lugar hablando mal de la modelo, actriz o político de turno, pero si se trata de madres de familia (quienes tienen que sacar de la galera todo tipo de artilugios y estrategias para que sus críos no se aburran) la cosa se complica. Al menos les queda el consuelo de que, mientras esperan, los pañuelos que obligadamente deben llevar en sus cabezas para que no las consideren prostitutas o llamadoras del mal las protegen del frió y el viento que por el corredor central se filtra como un fantasma impertinente.

Para el turista (sobre todo occidental) la Mezquita Azul más que un sitio interesante supone un problema y una gran decepción. La mayoría, por ejemplo, no quiere lavarse los pies en el agua congelada (debido a que lo consideran una posibilidad de enfermarse y ver su estadía trunca) ni tampoco hacer las kilométricas filas para entrar con el calzado en la mano, sobre todo teniendo en cuenta que el esfuerzo ni siquiera brinda la posibilidad de que, al terminar la recorrida, se pueda llevar una sola foto de los majestuosos interiores azulejados (los cuales no solo abundan sino que son los que le valieron el mote de Azul a la mezquita), dado que está terminantemente prohibido tomar fotografías, bajo pretexto de hacerle pagar con cárcel, incluso, a quien transgreda la norma.

Si bien no ingresé en los interiores, la visita me sirvió de mucho. Pude tener un acercamiento más acabado de cómo se estructura la sociedad y que modos de relaciones establecen (donde pese a formar parte del “conglomerado europeo”, el elemento religioso es fundamental y los hace tan diferentes al resto) además de analizar que es lo que nos pasa a los occidentales cuando intentamos una aproximación a lo que muchos llaman el “mundo oriental”.

Esa misma noche, para compensar el no haber entrado, decidí regresar para verla en su otra cara. Caminé desde el hotel hacia la plaza repleta de bancos minimalistas que reposan sobre la entrada y la admiré en todo su esplendor. Los seis minaretes y la decena de cúpulas iluminadas por la luna le daban a toda la esctructura un color plateado que la transformaban en una verdadera postal viviente, casi igual a esas que se publican en las guías de viajes y que pocas veces se asemejan a la realidad.


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