15/6/11

El mundo en crisis: El caso italiano (2da. parte)

1.

Más de un año había pasado de mi última visita, cuando, por cuestiones del destino en plan de viaje a Egipto, me vi obligado a pasar unos días nuevamente en la Ciudad Eterna. Con el recuerdo de la decadencia en la que la ví sumida hacía un tiempo sabía que esta vez el impacto no iba a ser tan fuerte así que de la misma forma que quien va a visitar a un amigo al hospital y ya de antemano sabe que está enfermo, me propuse  disfrutarla sea cual fuese el estado en el que la encontrara.

El primer termómetro para comenzar a medir la situación actual de la ciudad fue nuevamente la estación de Términi. Cuando salí a la conocida hasta el cansancio Via Giovanna dei Giolitti observé que todo estaba en la misma forma como lo había dejado un año atrás, incluso tuve la impresión de que los personajes eran los mismos y sentí que todo se veía tan ruinoso y decadente como entonces, pero esta vez me propuse ver el vaso medio lleno antes que el medio vacío.

El hotel esta vez quedaba a unas seis cuadras de la estación de Termini (una eternidad si se tiene en cuenta la extensión de cada manzana y el deplorable estado de las calles adoquinadas, tan antiguas como la loba que dio de mamar a los gemelos más famosos de la ciudad). En el camino, bajo la clásica y molesta lluvia otoñal pasé por un pequeño puente y noté que, escondida bajo él, se encontraba una pequeña oficina (cuando digo pequeña, créanme, era realmente pequeña) que oficiaba de aula y que se encontraba repleta de africanos, apilados unos sobre otros mientras que escuchaban expectantes a una bella ragazza que les escribía en un pizarrón desvencijado los primeros parloteos de la lengua italiana.
 
Ese era mi primer contacto con la realidad. Una semana antes de partir había leído acerca del conflicto de los inmigrantes del norte de Africa que cruzaban el Mediterraneo en pateras y que ingresaban a la península a través de maniobras non sanctas a través de la mítica isla de Lampedusa. Seguramente, aquel grupo de africanos pertenecía a ese colectivo ilegal y ahora el estado, ante la imposibilidad de poder deportarlos (dado que la mayoría de ellos llegan sin documentos) les brinda el mínimo gesto de cobijamiento que es el de enseñarles la lengua para iniciar así la adaptación a una ciudad en la que saben que indefectiblemente se asentarán.

Cuando llegué al hotel grande fue mi sorpresa. El edificio era una de las clásicas casonas romanas pintadas de color ladrillo, y decoradas en su interior por estatuas griegas y mármoles por doquier. Que buen negocio hice, pienso cuando recuerdo el precio que pagué por las cuatro noches que durara mi estadía. Esta vez no era una señora fellinesca la que me recibió sino un romano setentón, con cara de pocos amigos, cejas tupidas y un acento que emulaba a los documentales de Il Duce.

Le entregué la documentación y luego de hacer el check-inn me dijo que se alegraba mucho de mi estadía, ya que llevaba varios días sin recibir demasiados pasajeros. Eso si, me aclara, argentinos hay muchos, por todos lados. Que increíble, pienso, para mis adentros. ¿Por qué será que tenemos el atroz encanto de ir en contra de la corriente en la que va la humanidad? Ahora que el planeta entero parecía ir hacia el desbarrancadero inminente, nosotros volvíamos a pasar por los aeropuertos del mundo cargados de regalos y con las tarjetas de crédito infladas como si fuéramos ciudadanos de Dubai, Qatar o cualquiera de esos nuevos emiratos que proliferan como reguero de pólvora al otro lado del Mar Rojo.

2.

Dejé el equipaje en la habitación y me lancé a la calle dispuesto a encontrarme con la eterna belleza de sus rincones. Ya era de noche y el frío cortaba la piel. Roma es una ciudad que siempre me excitó terriblemente y eso es algo que no pude superar jamás, así que cualquier sacrificio que tenga que hacer, cuando estoy en ella, lo hago. Bajé por la Via Manzoni y caminé bajo las luces de los faroles en dirección hacia el Coliseo. Al adelantarme en la marcha me llamó mucho la atención la oscuridad de las avenidas, siempre tan características por su extremada luminosidad (sobre todo en invierno que oscurece mas temprano), pero esta vez parecía no ser así. Miro de casualidad un cartel hecho jirones y leo -dentro de lo que la poca luz me deja - : “Contro la crisi energetica, Riferendo súbito” y ahí comienzo a entender el por que de tanta oscuridad.

Mucho mayor fué mi asombro cuando llegué  al Coliseo y el magnánimo Foro Itálico - que se encuentra enfrente- y vi que ambos se encontraban apagados, sin ninguna luz que los ilumine y con una ausencia de turistas jamás antes vista. Con el entrecejo fruncido y lágrimas en los ojos por el frío, caminé por la Via del Foro Imperial hasta el Mercado de Trajano y el Palazzo Vittorio Emmanuele, los cuales, para mi sorpresa, también se encontraban a oscuras y con un aire a páramo que asombraba. Algo anda mal me dije, o lo que es peor, la situación empeoró notablemente desde el año pasado a la fecha.

Atravesé la Piazza Venezia y tomé la Vía del Corso (desde siempre la arteria más colorida e iluminada de la vida romana) y la noté también teñida por una inexplicable penumbra. Doblé en una de las callejuelas que desembocan en la Fontana di Trevi y ahí si, la decepción cayó sobre mí como un piano en la cabeza, al verla apenas iluminada, de un costado, con un solo chorro de agua funcionando y con una minúscula cantidad de personas que podía contarse con los dedos de una mano. Absorto ante la imagen que tenía frente a mis ojos, me senté en uno de los bancos de piedra que la rodean y sentí nostalgia por los años de la Dolce Vita, por la fastuosidad de sus monumentos, las luminarias y por ese “ser italiano” que hoy, golpeado por la crisis, ya formaba parte de los libros de historia.

3.


 El bar de “pasajeros accidentales” (atendido por camareros italianos y ubicado frente a la Estación de Términi) desde siempre me pareció uno de los sitios mas pintorescos para desayunar o comer cualquier cosa rápida. Llegué casi congelado y pedí súbito un capuchino con un “cornetto”.Sin pensar me senté en una de las mesas que daba justo a la ventana y quedé de frente a los africanos que venden hasta lo inimaginable, siempre y cuando se esté dispuesto a pagar los cinco euros que requieren para efectuar la venta. (Cómicamente, todo lo que venden cuesta cinco euros y si cuesta menos uno debe regatearles el precio para no romper con la regla de oro).

Mientras ojeaba la guía para ver si encontraba algo nuevo (mi guía de Roma es ya un triste cuadernillo andrajoso que viaja desde hace años conmigo y con cualquier conocido que la solicite) escucho una discusión en la mesa de enfrente. Una joven rubia, bien parecida se secaba las lágrimas y los mocos, a la vez que le decía al muchacho que estaba con ella que no sabía que iba a hacer ahora sin trabajo. El joven la tomó por el brazo intentando calmarla y ella se deshizo de él de un modo violento. El joven intentó una vez más un acercamiento y corriéndole el pelo, le dijo que no se preocupara, que él la iba a ayudar hasta que consiguiera un nuevo empleo. La chica se volvió a sonar los mocos y esta vez, con una fuerza irracional pegó un puñetazo sobre la mesa y le gritó en la cara al joven que no quería su ayuda, que lo que quería un trabajo.

Horas más tarde pude comprobar que la situación de aquella desolada joven se multiplicaba en miles de historias mas. Al llegar al puente que cruza hacia el Castel Sant´Angelo (donde se encuentra una de las oficinas del Assegno mensile más importante) y cuando aún no promediaban las diez de la mañana, la fila ya contaba con casi doscientos metros de personas que aguardaban para ser atendidas. Esa misma tarde hablé con mi hermano y le conté lo que había vivido. Casualmente, me dijo, dias atrás había intercambiado mails con amigos italianos que estaban abandonando el país ante la crisis y la falta de posibilidades y desarrollo.

El mundo ya era otro, e Italia, lejos de quedar ajeno a ese cambio, demostró estar inmerso en él tanto como aquellos países sobre los cuales los gurúes de la economía mundial comenzaban a aplicar siniestros e imposibles planes de salvataje, a modo de remedios que curaran las enfermedades que expresamente ellos habían creado.

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