12/6/11

El mundo en crisis: El caso italiano (1ra. parte)



1

Corría el mes de abril de 2009 y luego de ocho años de larga ausencia y con muchas expectativas volvía a pisar las idílicas calles de Roma. Desde siempre la ciudad tuvo en mí un significado especial (indudablemente las horas que pasé de chico frente a la pantalla viendo películas de romanos, los años en la facultad de derecho, el estudio del idioma y mi amor por la historia algún efecto tuvieron) y eso me hacía verla como una de las urbes más perfectas y bellas del mundo, pese a saber que esa visión creada en mi cabeza, mezcla de bacanal artístico engalanado con ángeles rozagantes del renacimiento, quizá no se condecía con el modo de vida de quienes día a día habitan en ella.

Lo que me sucedió apenas bajé del tren (en la tradicional y pintoresca estación de Términi) aquella tarde fue revelador. Mientras que una decena de inmigrantes peruanos y bolivianos reclamaban que les otorgaran la carta de ciudadanía bajo amenaza de cortar las vías del tren (todo un crimen en Europa, si se tiene en cuenta el valor que ellos le dan al tiempo y a la puntualidad) otro grupo de estudiantes, originarios de algún pueblo cercano a Roma, ingresaba al andén con pancartas, en claro ademán de regresar a su lugar de origen. Los jóvenes hablaban en dialecto y poco se podía entender lo que decían, pero por lo que pude leer de reojo en algunas de las banderas que llevaban enrolladas, el motivo de la movilización no había sido otro que el de pedir la aprobación de un presupuesto para el fomento estudiantil, cajoneada en algún escritorio kafkiano.

Algo raro debe estar pasando, pensé. Tomé mis valijas y haciéndome espacio entre los manifestantes peruanos y los estudiantes que reían a carcajadas - y corrían sus banderas de lugar para que la gente pasara- conseguí salir de la estación. Ya en la Via dei Giolitti (una de las más concurridas de la zona de Esquilino) la sorpresa y la decepción volvieron a acuciarme ya que la realidad que me devolvía el paisaje me hablaba de que las cosas habían cambiado en la bella Italia y que, lejos de ser un invento mediático, aquella crisis de la que se hablaba en Buenos Aires era tan cierta como cada una de las muestras que se ponían delante de mis ojos y que no hacían otra cosa más que evidenciar su autenticidad.

Apenas crucé la calle, una jovencita empapada, muy simpática y con acento piamontés me entregó un volante con promociones de platos turísticos que costaban mucho menos que en Argentina. Jamás había visto a una italiana entregando volantes (ya que esa desde siempre había sido una tarea de inmigrantes, ilegales o putas rusas) y eso me llamó poderosamente la atención. 

Sobre la misma calle, una decena de africanos, tapados con bolsas de nylon y en condiciones de sanidad precarias hacían su negocio vendiendo carteras, anteojos, gorros, guantes y cualquier otro elemento de las marcas más caras del planeta a módicos precios, casi a la mitad de lo que costaban los platos que ofrecía la publicidad que aún tenía en la mano.

En los doscientos metros que caminé bajo la lluvia hasta llegar al hotel, las apariciones no cesaron. Antes de cruzar en una de las esquinas, una anciana tiraba de un carro al igual que lo hacen los cartoneros porteños, mientras que a pocos metros de allí, otra de su misma edad, bajo la lluvia rezaba en voz alta y con exagerada teatralidad para que se apiadaran de su alma y le dieran una limosna. Luego de tantos ejemplos de pobreza en tan pocos metros cuadrados, no fue anormal que ya no me conmoviera el andrajoso mendigo que se acercó a mí y con una voz aguardentosa me pidió una sigaretta, además de qualcosa per mangiare.
 
2.

Al llegar al hotel, una señora gorda y con un notable estilo fellinesco deja su tejido en una silla y camina lentamente hacia el mostrador.De fondo se escuchan las voces de los periodistas del noticiero de la RAI, por lo que me doy cuenta que es el mediodía, el famoso pomeriggio italiano. La mujer de peinado batido me pide que aguarde un  segundo, que enseguida me atenderá la recepcionista. Espero unos minutos y llega la joven. Es muy amable, linda, muy simpática, sonríe tanto como las secretarias de programas de entretenimientos y, al buscar mi nombre en las reservas del día - y constatar que soy argentino-  agranda su sonrisa y me dice en un acento romano que me llena el espíritu: “Argentina, che bello paese!”. Acto seguido le sonrío y le digo que “Per me, é piú bella l´Italia”. La chica me sonríe y me dice “Si, ma non adesso perche siamo in crisi”.
Me enojo en silencio y la maldigo por el poco espíritu nacionalista y el cpmpromiso que tiene por su patria  (Imagino que si Cavour la escuchara la mandaría a cuidar ovejas al otro lado de los Alpes). Y me viene a la cabeza aquel famoso dicho de “Dios le da pan al que no tiene dientes”. Mientras me completa el formulario con todos los datos le pregunto si es cierto que la situación está tan mal y ella hace una mueca, mira hacia arriba y resopla, como para que no queden dudas de que la situación es realmente preocupante.

Como si no los conociera, me enumera un rosario de ejemplos que son consecuencia de una crisis económica, creyendo quizá que va a lograr sorprenderme, pero en mí, argentino, palabras como alto desempleo, imposibilidad de acceso a créditos, sistema de salud deficiente, vaciamiento de fondos, pocas posibilidades para proyectar una vida a largo plazo y, un presidente que en vez de ponerse a trabajar para subsanar todos esos problemas, ocupa sus tardes y noches correteando adolescentes semidesnudas a cambio de nacionalidades perpetuas y abultados subsidios vitalicios me suenan más familiares de lo que ella pueda imaginarse.

Esa historia ya la conozco, le digo. Es exactamente lo mismo que nos sucedió a nosotros hace unos años. La joven me observa como si estuviera viendo a alguien que volvió de la muerte y con su sonrisa diáfana y clara me dice que nosotros la crisis la pasamos, que estamos muy bien y que somos un ejemplo para el mundo. Ahora es nuestro turno, me dice, y me expresa el miedo de los italianos por cual será el desenlace de esa recesión en la que están sumidos. Y es de entender, pienso. Ellos no son están acostumbrados a los vaivenes económicos cmo consecuencia de descalabros políticos (sobre todo los jóvenes) y ahora parece que les llegó la hora de leer en el Corriere Della Sera las búsquedas de trabajo en vez de las de venta de apartamentos o de lujosos autos. Todo un cambio, sin dudas.

3.
Tomo la Via Vittorio Emmanuele en dirección hacia el Foro Imperial y comienzo a observar los negocios de ropa que la pueblan a lo largo de su extensión. Veo que más allá de los carteles con las marcas más caras del universo y los nombres de los diseñadores más reconocidos, la palabra que más veces aparece es “sconto” y entre las frases, las que encabezan el ránking están: “Lleve dos pague uno”, “Compre uno y por el otro, pague la mitad”, “Hoy todo al cincuenta por ciento” hasta incluso la reveladora “liquidación por cierre”.

Mientras prosigo en la marcha y ya noto que mi cuerpo dejó atrás los efectos del jet lag, siento que se diluyen los carteles y mis ojos enfocan en las pintadas callejeras, quizá por que me retrotraen indefectiblemente a la época de nuestra crisis del 2001. Así es como noto que cada cien metros más o menos, en alguna oficina pública (de las tantísimas que pueblan el centro de Roma), en la entrada de algún banco o de sitios de interés, el pueblo se manifiesta y casi con un grito en la voz expresan: “Nosotros la crisis no la pagamos”, “Berlusconi, no gracias”, “Quemen los bancos”, “Mas casas, menos iglesias” o “Casas para todos”.

Cuando los hombres salen de su silencio y comodidad para pintar paredes es por que algo se rompió en sus esquemas normales de vida. Otra vez un dicho popular se me vino a la cabeza: “Cuando el río suena, agua trae”. Y Roma había comenzado a sonar. De eso ya no quedaban dudas.   

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