15/9/11

Ceremonia Secreta, el clásico de Marco Denevi en BA


Si tuviese que hacer un raconto de todo lo leído a lo largo de mi vida como lector no tendría la más mínima duda en ubicar a Ceremonia Secreta como la primera novela felizmente terminada y que significó la puerta de acceso a la literatura “tradicional” o de “adultos”. Hasta ese momento lo que había leído eran los clásicos adaptados para adolescentes de la Colección Billiken, algunos otros de la recordada colección de Kapelusz y contaba en mi haber con varios intentos por leer los best-sellers que por entonces engrosaban las bibliotecas de cualquier familia de clase media intelectual y que contaban historias que iban muy bien para el American way life pero no para un adolescente nacido en este punto recóndito del planeta y que tenía una avidez innata por escuchar historias fascinantes.

Es por eso que luego de haberla leído hasta el final y de haberme metido íntegramente en aquella casa de la Calle Suipacha (además de espiar a través de la mirilla la enfermiza relación entre Leonides y Cecilia) no sólo tuve la sensación de que había descendido a un inframundo cargado de oscuridad, muerte y desolación, sino que, además, descubrí con el maravilloso modo de narrar de Marco Denevi, la espectacular obra de arte que puede llevar a cabo quien aprende a manejar con delicadeza y precisión el oficio de la escritura. 

De ese modo, la obra (así como también Rosaura a las diez y otros tantos títulos del autor) se transformó en una de mis novelas preferidas de la literatura argentina y como si de un coleccionista obseso de San Telmo se tratara, desde entonces he intentado acercarme a todo aquello que se relacionara con ella. El primer contacto luego de la lectura fue a mediados de los años ochenta, cuando ya repuesta la democracia, en ATC el director Oscar Barney Finn realizó una puesta que me impresionó tanto como el libro (algo prácticamente imposible de lograr y que en raras ocasiones sucede, pero aquel caso fue especial, sobre todo si se tiene en cuenta el elenco que eligió para llevarla a cabo (la recordada Susana Campos en el papel de Guirlanda Santos, María Valenzuela en el papel de Cecilia y Arturo Puig en el papel de Fabían, el amante misterioso).

Así pasaron los años y más allá de varias relecturas (las cuales siempre me dejaban con la sensación de estar leyendo una obra diferente) poco fue lo que conseguí de ella, salvo la amarga sensación que sentimos cuando Denevi nos dejpo y con él se fue uno de los mayores talentos de las letras argentinas, un genio  único capaz de entramar historias, situaciones y personajes que en cada novela, cuento o relato caminaban por la delgada línea entre el mundo de los vivos y de los muertos como si de un mismo plano se tratara. Pero fue en 2008 cuando recorriendo el circuito de librerías de la Calle Corrientes tuve la grata sorpresa de encontrarme con un ejemplar que llamó mucho mi atención: en la tapa aparecía la leyenda “Secret Ceremony” y como ilustración, una foto en blanco y negro  reconstruía la escena inicial del cementerio y las protagonistas no eran otras que la misma Elizabeth Taylor y Mia Farrow. De más está decir que el libro no era la versión original de Denevi  traducida al inglés, sino la adaptación que se hizo del texto y que luego desembocó en el guión de la película homónima. 

Desde entonces tuve una desconexión bastante importante con la obra. La adaptación americana nunca la leí por que al no tener los mismos nombres y estar alteradas algunas partes de la historia (además de estar teñida como ya dije por el “American way of life”) se me hace de dificultosa comprensión además de molesta en la lectura. 

Cuando me enteré de que luego de muchos años Barney Finn se había decidido a desempolvar el texto de Denevi para llevarlo al Teatro Margarita Xirgu de la mano de un elenco promisorio (al menos en su mayor parte) sentí una gran alegría, ya que después de haberla leído y visto en televisión, era la primera vez que iba a poder vivenciarla de un modo más directo en la experiencia teatral. Y allí fui sin dudarlo.

Ceremonia Secreta. La puesta del 2011


Para quienes no conocen la historia, Ceremonia Secreta es un drama negro, oscuro, casi una novela gótica ambientada en la Buenos Aires de los años 50, con una trama siniestra compuesta por una sucesión de situaciones dolorosas y de desgarradores desencuentros. Es la historia de una mujer (Leonides Arrufat) que una mañana sale de su casa para llevarle flores a su hermano muerto en el cementerio de la Chacarita y allí es abordada por una joven harapienta (Cecilia) que hace lo imposible para que la acompañe. La mujer se resiste lo más que puede pero se da cuenta del estado de insanía en que se encuentra la muchacha y decide llevarle la corriente. Así es como toman el colectivo y llegan a la casa de la joven, la cual lejos de ser una casa de mala muerte, es un verdadero palacete en pleno centro porteño.

Allí la mujer se da cuenta de que la jovencita en realidad tiene mas de lo que demuestra y descubre que se encuentra allí por ser idéntica a su madre (Guirlanda Santos) quien murió hace más de un año y que Cecilia se niega a asumir. A partir de allí Leonides decide ocupar el lugar de la muerta aunque, con el correr de los días, lejos de vivir una vida de lujosa excentricidad quedará expuesta a situaciones de tremenda injusticia y obligada a subsanarlas aunque para ello deba hacerlo por mano propia.

En esta puesta, lo primero que impresiona es la escenografía. Pensada bajo los cánones estéticos del expresionismo alemán, las ambientaciones son de un excelente nivel y de una gran plasticidad (sobre todo a la hora de cambiar espacios). Quizás por eso no sea casual que, apenas se corre el telón aparece en escena una estatua gigante de  San Miguel Arcángel en medio del cementerio de la Chacarita y en pocos segundos, como por arte de magia, se recrea la mansión de Guirlanda, con una colección de cuadros hexagonales con lacara de la difunta que se transforma en su habitación con solo girarlos. 

Respecto de las actuaciones, quizás ese sea el punto más álgido de la obra. A primera vista, el problema parece radicar en la heterogeneidad del elenco, dado que nadie puede dudar de la trayectoria y la calidad artística de la primerísima actriz uruguaya Estela Medina (quien se encuentra muy bien en su papel de Leonides Arrufat) o de cómo se mueven en el escenario Susana Lanteri y Ana María Casó (dos personajes de reparto interpretado por dos señoras de la escena nacional), pero queda más que claro que la elección de Soledad Fandiño para el papel de Cecilia, fue errada.

La joven actriz no sólo no ha encontrado aún el timming teatral, sino que durante la hora y media de obra lleva a cabo una actuación que bordea el patetismo y lo grotesco, dado que le imprime a Cecilia cualidades que la acercan mas a un hombre de Neandertal que a una mujer presa de una patología psiquiátrica provocada por algo que no se dice y que se va dilucidando a lo largo de la trama. 

Otro de los puntos débiles de la puesta es el tratamiento del texto. Allí, Barney Finn realizó una adaptación del mismo al lenguaje teatral y lo plagó de errores y vicios que impiden que el mensaje sea decodificado por el público de un modo claro y ameno.  El excesivo uso de la digresión (los personajes todo el tiempo exclaman diálogos internos de manera exacerbada, y a veces incluso, mirando a la platea) y las marcaciones de movimientos que terminan rozando el hiperrealismo son  algunos de los ejemplos que ilustran por demás la pobreza de la adaptación.

Teniendo en cuenta que el director había realizado la puesta televisiva, no es un dato menor que ahora también haya convocado a Luis María Serra (el mítico musicalizador de cine y televisión) para que llevara a cabo los arreglos musicales, los cuales le aportan a la obra una frescura poco vista en los escenarios teatrales ya que, por momentos, el espectador tiene la sensación de estar viendo una versión televisada en vez de una obra teatral.

Por todo ello, esta puesta de Ceremonia Secreta parece no estar a la altura de la obra que Denevi escribió ni bien se iniciaba la gloriosa década del sesenta. Quizás si desde la dirección se modificaran o se revieran ciertas elementos de la puesta, el trabajo podría evolucionar y así lograr que al final de la obra, se celebre de un modo genuino la sagrada ceremonia del aplauso.

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