3/2/12

Pigalle


Así como Londres sufre de niebla constante, París padece lo propio con la lluvia. Es por eso que para nada me asombré cuando el avión aterrizó en el Aeropuerto Charles de Gaulle y desde la ventanilla del avión, vi que afuera diluviaba. Como hacía casi una década que no pisaba la ciudad – e imaginando las modificaciones que habría sufrido en ese tiempo- quise evitar el incordio que implicaría tomar un tren hacia el centro, así es que luego de hacer una recorrida por los pasillos que dan a los ventanales exteriores, tomé un taxi en dirección a Pigalle, que era el barrio donde se encontraba mi hotel.

En ese viaje me propuse no dejar de ver ninguno de los lugares que en las dos veces anteriores sí dejé de lado (siempre por cuestiones de prioridad, ya que de lo contrario, tendría que planear una estadía sólo en París) y a la vez, decidí vivir la experiencia de dejarme llevar por la ciudad y no atenerme tanto al mapa de los siete circuitos que, si bien organiza mucho el recorrido, aleja al viajero de que haga su propia experiencia escuchando aquello que la ciudad esconde y atesora en cada uno de sus rincones.

Pero no sólo por eso mi tercer viaje era especial. En las veces anteriores, por cuestiones de costos (los hoteles en París siempre fueron exorbitantes) me había hospedado en hostels alejados del centro mismo, cerca de la Place de la Republique en la primera y en la Porte de Bagnolet en la segunda (en el famoso Aubergue D´Artagnan, cerca del Cementerio de Pére Lachaise). Y esa vez fue diferente, por que por primera vez estaría no sólo en un hotel con habitación propia sino también, con la posibilidad de estar alojado en uno de los barrios más bohemios de la ciudad, a escasos metros del Moulin Rouge.

En el trayecto desde el aeropuerto hacia el hotel el taxista no emitió una sola palabra. Eran cerca de las siete de la tarde y la llovizna teñía los vidrios de una textura tal que las calles, desde afuera, se veían como un cuadro pintado por Monet. En la radio el locutor disparaba frases con la velocidad de una ráfaga, y experimenté el mismo miedo que me invadió en las otras visitas cuando sentí que pese a haber estudiado francés desde el colegio primario, no podría articular palabra y estaría condenado a recorrer la ciudad en silencio.

Atravesamos las calles adoquinadas con las clásicas ventanas de hierro pintadas de blanco que son un símbolo de la ciudad y vi a un grupo de feriantes (a la vez que inmigrantes ilegales) que desarmaban sus puestos de mercaderías falsas y emprendían bajo la lluvia el regreso a sus hogares. La otra Paris, la de las banlieues (afueras) comenzaba a mostrar su cara menos bonita.


Llegué al hotel, dejé la valija y bajé de inmediato a un magazin para comprar algo para cenar, ya que bajo la lluvia y teniendo en cuenta el cansancio, lo mejor era cenar en el hotel. Caminé sin saber bien donde hacia donde y, la curiosidad y las ansias de ver como estaba la ciudad, me hicieron alejarme unas cuadras del lugar de donde había salido.

En una esquina me sorprendió un semáforo y al detenerme, me encontré con cuatro brasseries (pubs tradicionales donde se sirven bebidas alcohólica de todo tipo) atestadas de jóvenes con ganas de diversión y con la música retumbando en los interiores amaderados que les dan ese toque de encanto que los caracteriza.

Al ver que estaba en una zona de bares y brasseries decidí tomar una de las calles hacia otra dirección y ahí quedé perplejo al encontrarme nada más ni nada menos que con las aspas del Moulin Rouge girando como en la película de los hermanos Coen, totalmente iluminado y luciendo su esplendor nocturno mientras aguardaba expectante la llegada de los afortunados que pueden pagar la costosa entrada para disfrutar del que dicen que es uno – sino el mejor- espectáculo del mundo.

El Moulin era una de mis deudas con París. Por una razón u otra nunca había podido llegar a él y verlo en ese momento, iluminado y en todo su esplendor era un verdadero regalo que la ciudad me hacía. Crucé el famoso Boulevard de Clichy y luego de asombrarme por la cantidad de sex shops y templos del sexo que se ubican en la zona, me puse bajo el cartel del edificio que tantas historias generó y que en la cultura francesa ocupa un sitio de privilegio en el olimpo de mitos y leyendas urbanas.


La lluvia que había cesado minutos antes, comenzó a caer con más fuerza. Los empleados de los negocios de souvenirs corrieron a guardar la mercadería que estaba exhibida en la calle y los asistenes al Moulin finalmente entraron, quizás por la piadosa orden de los organizadores que pensaron que no estaba bien hacer esperar a los exclusivos espectadores.

Mientras volvía al hotel me crucé con un pequeño magazin de barrio que por suerte aún estaba abierto. Como era un almacén de hindúes sobraban las latas de legumbres, frutas de todo tipo así como innumerables opciones de cous-cous envasados al vacío y decidí que esa era la mejor opción para reponer fuerzas después de un ajetreado día. Ya en la habitación sintonicé la TV5 y ví con descontento que el conflicto en el Cairo, donde había estado hacía unos días, seguía tan complicado como entonces.

Abri el mapa de la Ciudad Luz y ví con alegría que el primer arrondissement más cercano que tenía era Montmartre. Allí me esperaban una cita con las escalinatas del Sacre Coeur, un ascenso a la Place du Tertre, la compra de una boina (para paliar el frío y darme el gusto de usarla en la capital misma de su creación) el recorrido por los viejos cabarets parisinos y la búsqueda del Café Deux Moulins, el mismo donde Audrey Tautou inmortalizó a Amelie, ese personaje ingenuo y despiadado que bien podría ser tomado como la encarnación misma de la ciudad.

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