24/3/12

24 de Marzo: Rosario y su rincón para la memoria

En el inconciente colectivo suele estar presente la idea de que en el exterior los argentinos somos conocidos por hablar diferente al resto de los hispanoparlantes, por creernos lo que no somos y por algunos mitos difundidos internacionalmente (Evita, Maradona, Messi, el Che Guevara, etc). Pero la realidad también habla de un cierto interés de extranjeros por la oscura y densa  imagen de los treinta mil desaparecidos que dejó como saldo la última dictadura que arrojó nuestra historia.

Es por eso que muchos turistas y viajeros que llegan al país a diario, además de intentar un acercamiento hacia algunos de esos mitos, costumbres y también con algunas de nuestras bellezas geográficas, buscan los vestigios de ese pasado reciente que les sigue pareciendo incomprensible, doloroso y que tanto misterio y adhesiones  de solidaridad producen alrededor del mundo.

Si tuviésemos que analizar muchos de esos lugares a nadie se le ocurriría la idea de incluirlos dentro de un “Circuito turístico” o del patrimonio a descubrir en una estadía en Buenos Aires, pero lo cierto es que los hay, son numerosos y desde hace algunos años, han sido recuperados gracias a las políticas de gobierno tendientes a conciliar el pasado con el presente intentando mantener activa la memoria del pueblo.

Con el tiempo recorrí muchos de ellos. Algunos esos centros de detención hoy son plazas (como la de Avenida Paseo Colón y San Juan, frente al Diario Ámbito Financiero), centros culturales (como la ex Escuela de Mecánica de la Armada, actual centro cultural ECUNHI, reformado por las Madres de Plaza de Mayo) o espacios para la memoria. 


Cuando este año visité Rosario, en el Boulevard Nicasio Oroño (uno de los espacios urbanos más distinguidos de la ciudad y epicentro de un pasado de bonanza) entre bancos de estilo veneciano y palmeras de corte tropical me encontré con  una interesante escultura (¿O experimento performático?) que emulaba  una bicicleta de hierro y en su manubrio portaba un libro, de hierro también y con páginas vidriadas con fotografías y escritos en su interior.

Me acerqué siguiendo una flecha que en el piso decía: “Próxima estación Justicia” y me senté en la bicicleta. Corrí la primera “página” del libro y aparecieron fotografías, cartas, panfletos, servilletas de bares con mensajes de interlocutores furtivos, carnets, tapas de discos y hasta pedacitos de papel de regalo, que alguien habrá guardado quién sabe con qué objetivo o motivado por qué sentimiento.

Los rostros que se veían eran anónimos. Los ví y, quizás, movido por la necesidad de  encontrarles una identidad  pensé que muchos de ellos eran muy jóvenes, que por aquella década del 70 se proyectaban en lo mejor de su vida y seguramente, entre otros aspectos, habrían sido estudiantes, profesores, trabajadores, amigos, hermanos, familiares. Indudablemente todos ellos cargaban con una historia y en su conjunto formaron parte de la nuestra.









Fue la única vez que un mausoleo-monumento-espacio público- relacionado con los años del horror no me dejó una sensación de angustia y de vacío como la que se apoderaba de mí en otras oportunidades. Quizás la respuesta esté en cada uno de los elementos que allí se ven, tan cargados de vida, color, entusiasmo y que demuestran - en cada milímetro de la superficie de las hojas vidriadas- la grandeza de aquel sueño que por entonces, era ni más ni menos que el de cambiar el mundo en el que vivían.

A 36 años del golpe la memoria sigue recordando. Visitar los espacios donde sucedieron hechos históricos que siguen modificando nuestro presente es casi una obligación. Está muy bien que los extranjeros los visiten y descubran nuestra historia, pero para los argentinos, recorrerlos e impregnarse de memoria debería ser un ejercicio casi obligatorio. Sólo así se podrá mantener vivo el espíritu de aquella frase en apariencia sencilla pero de hondo y profundo sentido : NUNCA MÁS.

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