11/3/12

24 horas en Londres (1ra. parte)


Si bien soy de los que descreen de aquellas guías que ofrecen la imposible travesía de recorrer una ciudad en 24 horas, el año pasado me tocó vivir la experiencia en la capital inglesa. De más está decirles que al enterarse de esta decisión muchos de los lectores (y no un grupo menor de amigos) me reprocharon no haberle dedicado más tiempo a la ciudad, ya que si bien todos sabemos que es una fuente inagotable de sitios para recorrer y espacios artísticos para descubrir, las restricciones de un billete que unía el trayecto Estambul-París, me obligó a pasar sólo un día, así que intenté hacer lo que pude.

El hotel que elegí para pasar la noche estaba a unos pocos metros de la Catedral de Saint Paul, ese barrio de tintes cinematográficos, cargado de barcitos, puentes metálicos y  autobuses rojos de dos pisos que van y vienen comunicando todos los puntos del mapa, como si fueran arañas y el plano de la ciudad la tela en la que se mueven.

8.00 a.m.: Desayuno en la cafetería del hotel. Un cartel sobre las bandejas de comida humeante aclara que el servicio es Self- service. Me paro frente a una fuente gigante de huevos revueltos y, antes de que pueda abrirla, una camarera tailandesa con un parche en uno de sus ojos se avalanza sobre ella y me quita el plato. Me sirve una pequeña porción y se transforma en mi primer contacto con la vida anglosajona. Mientras degusto los huevos revueltos con una taza de café intento escuchar la conversación de dos señoras mayores ubicadas en la mesa de al lado, de aspecto norteamericano y que discuten si ir ese día a la Tate o al Museo de Victoria y Alberto. Una de ellas parece gritar más fuerte y la otra asiente cabizbaja como si aceptara de modo abnegado la pérdida de la batalla.


8.30 a.m. Atravieso el Támesis por el Puente del Milenio y aparezco en la zona del Shakespeare´s Globe, los galeones turísticos, las iglesias de estilo gótico y los fantasmas de algunos piratas que poblaron la zona. Una piedra recuerda el mito de Mary Overs, una mujer que perdió su vida por amor a orillas del famoso río.


9.00 a.m.: Dando algunas vueltas desemboco en la King Charles Street y me encuentro con un interesante museo obre la Segunda Guerra Mundial y una foto de Churchil con su particular habano y su ojo entrecerrado simulando una mueca que tramsite simpatía. La vista es una típica postal londindense, en la que, además de los autobuses rojos no faltan los taxis de los años cincuenta tan típicos en algunas de las historias de Ágatha Christie.


9.15 a.m.: Me detengo en una de las esquinas de la King Charles Street para cruzar en la senda peatonal y quedo obnubilado ante un bar de color azul con un ángel en posición de coloso que sostiene uno de los balcones. El lugar me recuerda a las películas de Hitchcock y, en especial, a la Ventana Indiscreta, en la cual los ladrillos de las paredes de la casa de James Stewart decoraban la estructura de modo tal que le imprimían al lugar un estilo único y típicamente londinense.


9.45 a.m.: Llego a la zona de los edificios modernos que albergan las oficinas de las empresas más importantes del mundo y, con el Támesis frente a mis ojos y la Torre de Londres, me dirijo por la zona costera hacia el London Bridge, en la cual ya hay una decena de turistas fotografándose pese a la espesa y grisácea atmósfera del día.

El edificio oval frente al Támesis

El Tower Bridge

La Torre de Londres al otro lado del Támesis


10.00 a.m: Camino por la Victoria Embankment Street en dirección hacia el Big Ben y descubro numerosos monumentos (esfinges egipcias, puentes de estilo barroco y francés) que engalanan la rivera del río dándole al lugar un halo de misterio y bohemia muy parecido al que ofrecen ambas márgenes del Sena. (En esta foto pueden ver un ser mitológico, uno de los tantos que abundan como elementos decorativos y en mayólicas de las construcciones del lugar).


(...continua en el siguiente posteo)

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