19/4/12

El misterioso Barolo en pantalla grande


Ningún juez es más justo que el autor de su obra (Inscripción en latín labrada en una de las paredes interiores del edificio)


¿Cuántas versiones de Misteriosa Buenos Aires debería haber escrito Manuel Mujica Lainez  para abarcar todos los mitos, misterios y leyendas urbanas que pesan sobre la ciudad? En la obra original, el eximio autor argentino relata historias que comprenden el período entre 1536 y 1904 y lamentablemente, la historia del misterioso Palacio Barolo comenzó a contarse en los primeros años posteriores a estos relatos. De no haber sido así, seguro Lainez la hubiera incluido en él o bien habría comenzado con ella la segunda parte de su libro.

La historia del Palacio Barolo bien merecía la pena haber sido contada por la pluma del escritor argentino, dado que cuenta con todos los elementos que tenían las historias que a aquel tanto le gustaba contar, sobre todo si se tiene en cuenta las reminiscencias (o derivaciones) que unen al edificio con lo más alto de la cultura italiana, como lo es la figura de Dante Alighieri y su obra cumbre LaDivina Comedia (Lainez era un enamorado de la cultura italiana, motivo que lo llevó a escribir Bomarzo, inspirada en el misterioso jardín de las afueras de Roma)

Pero como la historia así lo quiso, no fue a Lainez sino a Sebastián Schindel  quien le tocó la tarea de investigar y recomponer la historia de uno de los edificios más bellos y enigmáticos que tiene la ciudad de Buenos Aires. Así es como valiéndose de su experiencia en la pantalla grande (sus dos trabajos anteriores habían sido Mundo Alas y Rerum Novarum) y de su espíritu evidentemente curioso, el joven cineasta se introduce en un camino de investigación más que interesante que da como resultado una obra indispensable para el cine nacional, ya que expone y desentraña un monstruo de cemento que forma parte del patrimonio histórico y cultural de los porteños.

La historia arranca en el año 1890 cuando Luis Barolo, un inmigrante italiano llegó a la Argentina y luego de una década se transformó en un afortunado empresario textil. Por entonces, cuando él ya era un hombre acaudalado, arriba Mario Palanti, un joven arquitecto – italiano también- que venía cargado de ideas vanguardistas y con un inmenso talento para llevar a cabo obras colosales pero la cruel realidad de la falta de inversores se mostraba como la única bienvenida que le hacían estas pampas.

Gracias a un centro de intercambio de inmigrantes italianos se conocen y allí es donde Barolo, amante del arte y del lujo, le encarga la tarea de diseñar y construir un palacio en plena Avenida de Mayo, centro neurálgico de la vida de principios de siglo en la ciudad. Pero con el encargo surgen los primeros cuestionamientos: ¿Con qué fin el empresario italiano encarga tamaño emprendimiento? ¿Por amor al arte? ¿Cómo un símbolo de poder? ¿O para usarlo como fachada donde esconder detrás el rosario de secretos que hasta hoy siguen siendo hipótesis y tema de discusión? 


Con todas esas preguntas a cuesta Sebastián Schindel toma el hilo entre sus dedos y pone a girar la madeja del misterio. A lo largo de los cortos – pero no por eso menos intensos- sesenta minutos de duración recorre el edificio desde la entrada hasta el faro y se entrevista con los personajes que se han dedicado a estudiar sus secretos y otros que aportan sus teorías o bien los rumores o dichos que han escuchado sobre él (así es como se puede ver a historiadores, arquitectos, una profesora especializada en la vida y obra de Dante Alighieri, especialistas en arte y hasta el mismo presidente de la Masonería Argentina, dado que esta histórica legión, además de las reminiscencias a la pieza de Dante, parece jugar un papel no menos importante en la morfología del edificio).

Pero como si con un edificio misterioso no bastara, el director decide doblar la apuesta y cruzar el charco para llegar hasta Montevideo e intentar así una aproximación con su gemelo, el Palacio Salvo, también construido por Palanti y exactamente igual al Barolo, aunque con algunos metros más de altura y con menos alusiones a la obra de Dante pero sí con mayor presencia de otros de la Masonería uruguaya).

Al film se lo podría definir como bien lo hizo una de las espectadoras que al final de la proyección, y en medio del debate, le expresó “Tu film es exquisito”. Y esa es realmente la crítica más acertada que se le pueda hacer a la obra. Es un documental sumamente cargado de información (pero dosificada de un modo inteligente) con las contextualizaciones pertinentes para aquellos que desconocen la historia de Dante Alighieri y de una belleza estética más que interesante.

Sobre el final del debate, otra espectadora le aconsejó que tenga a bien considerar otros lugares misteriosos de la ciudad para investigar y filmar, y hasta incluso le pidió una segunda parte con todo el material que dejó fuera de la edición. 

Cuando el público comienza a abandonar la sala pienso que así como tan bien la hubiera escrito en papel Manuel Mujica Lainez, a Sebastián Schindler quizás le espere un nuevo desafió que sea el de seguir contando los secretos que  el Barolo se rehúsa a mantener escondidos en cada uno de sus rincones y que, encontró en él, a su mejor vocero e intérprete.

EL RASCACIELOS LATINO (2012, Color) Dirección: Sebastián Schindel. Guión: Sebastián Schindel, Fernanda Ribeiz, Sebastián Caulier, Leonel D’Agostino, Fotografía  Guido Lublinsky, Edición: Ernesto Felder, Producción: Sebastián Schindel, Nicolás Batlle, Fernando Molnar,  Compañía Productora: Magoya Films.

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