18/1/14

Segovia: Firme candidata a Capital Europea de la Cultura 2016


España es un país infinitamente rico en cuanto a patrimonio histórico y cultural. Cada una de sus ciudades guardan tesoros celosamente escondidos y muchas de ellas, aún hoy, siguen sin recibir la adecuada promoción que merecen. Uno de esos casos es el de Segovia, sitio que si bien se encuentra a pocos kilómetros de Madrid y al que se puede acceder de forma cómoda con un tren de cercanías, en varias oportunidades no forma parte del periplo armado por los turistas que creen que con pasar por la capital, Barcelona o alguna playa de Ibiza se pueden ir tranquilos y continuar con la alocada empresa de recorrer el continente en quince días.

Pero por suerte hay quienes deciden tomarse el viaje con más calma, y, en una estadía en el país castizo, se dejan llevar por esta maravillosa ciudad que junto a Aranjuez, Toledo y Ávila forman un cuadrilátero perfecto para descubrir aquella España en la que se mantienen perennes las huellas de los conquistadores romanos y en la que vivieron San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Francisco de Quevedo, Antonio Machado y hasta la misma Isabel de Castilla antes de ser coronada reina de la península.

Desde hace un tiempo el Consejo Europeo la ha propuesto como una de las firmes candidatas para formar parte el 2016 de esa cocarda que es la Capital Europea de la Cultura, laudo que surte efectos más publicitarios y turísticos antes que culturales, pero que bien posibilita que una gran masa de público se desplace hasta ellas y las posicione dentro de urbes para descubrir cuando se planea una visita al país en el que se encuentran. Lo cierto es que Segovia tiene grandes posibilidades de ganar y bien merecería el reconocimiento. A continuación les dejo mi experiencia en la ciudad, quizás leyéndola les dé ganas de conocerla y se puedan hacer una escapada antes del 2016, año en que si llega a ganar, va a estar atestada de turistas.
Mi Segovia (y por qué no, Tú Segovia)

A la ciudad la conocí  recién en mi cuarto viaje a España en el año 2005. Las veces anteriores había dedicado mis estadías a pasar el mayor tiempo posible en Madrid (ya que ella ejerce sobre mí un embrujo inexplicable y que no cesa, pese a todas las visitas realizadas) y creí que esa cuarta debía ser la vencida. Así es como una mañana me levanté bien temprano, me dirigí a la estación de Chamartín y en menos de una hora llegué a la estación de trenes, cercana al casco histórico y urbano, emplazado en medio del verde de la estepa castellana.

Apenas bajé del tren tuve las primeras impresiones de cuál iba a ser el panorama con el que iba a encontrarme. Un señor (bastante anciano él) que caminaba pegado a la vereda, con un bastón lustrado y un sombrero de paja se transformó sin quererlo yo en mi guía en la ciudad. Cuando le pregunté hacia dónde quedaba el casco histórico (puesto que ellos son el mejor lugar para comenzar a recorrer una ciudad) me dijo que iba hacia allí y que si quería, él me acompañaba. Los metros que hicimos juntos – obviamente a paso lento debido su dificultad – el hombre pareció haber encontrado en mí a un confesor y comenzó un listado que más se asemejó a una sesión de psicoanálisis que a un “Ven peregrino a descubrir mi ciudad”.
Estación de trenes de Segovia
Que en Segovia ya no se aguantaba el calor, que los jóvenes ya no respetan a nadie, que los turistas ensucian y destruyen más que lo que aportan, que la inmigración, que el último discurso "blando" del PP y algunas otras cosas más que, por razones de salud, decidí olvidar. Por suerte, cuando parecía que había entrado en confianza y todo apuntaba a que comenzaría con las loas a los tiempos del generalísimo, nos encontramos frente al acueducto romano y mi sensación fue de tal perplejidad que no dudé en agradecerle y abandonarlo rápidamente. Aún hoy recuerdo su silueta atravesando la plaza del Ayuntamiento y rezongando lo que seguro iba dirigido a mí por reconocerme turista, argentino y "aprovechador" de ancianos.

El Acueducto romano

El Acueducto sinceramente me dejó sin palabras. Hacía un par de años que no iba a Roma y, estar frente a él, y luego bajo sus arcos derroídos por el tiempo me hicieron sentir que me encontraba en cualquiera de las ciudades que en la gloria del imperio hicieron las delicias de los emperadores y sus amigas de turno. El lugar demás está decir que vive atestado de público a cualquier hora en que se lo visite y sirve, además de admirarlo, para comenzar a andar las callejuelas teñidas de naranja que hacen que Segovia tenga ese sello personal que tanto la engalana y que la hace una de las más bellas en las cercanías a Madrid.

Una de las vistas del casco histórico que evoca los vestigios de la época bética

Comencé la recorrida subiendo por una calleja sinuosa y me encontré con pequeñas casitas cuadradas, con tejados madrileños destartalados y con guardas de dibujos sefardíes, árabes e incluso judíos en las paredes de los frentes. En medio del caserío enjambrado que se intercomunicaba  por escaleras casi surrealistas, descubrí la cúpula de una pequeña iglesia, la cual se alzaba como la hija pequeña de la Catedral, imponente y soberbia que, junto al Alcázar y al acueducto, forman los emblemas más importantes de la ciudad (o al menos por los cuales más conocida se hizo).

Los tejados son una típica muestra del estilo segoviano. Tejas anaranjadas y motivos judíos abundan.

Atravesé una plaza de típico estilo italiano (recargada de estatuas de seres mitológicos de la cultura grecorromana, sombrillas blancas, cafés rebosantes de turistas de todo el mundo y camareros con faldón hasta el piso como en las películas de Fellini) y me detuve un buen rato para apreciar el movimiento que allí se llevaba a cabo. El solcito de julio comenzaba a ser abrasador y el naranja y los ocres que pintan la ciudad se fueron transformando poco a poco en brillantes hasta lograr un color homogéneo al que no dudé en bautizar “Naranja Segovia”, epíteto que sigo usando hasta hoy cada vez que lo veo en cualquier objeto.

Vista del casco histórico desde los ventanales de la Catedral

Esculturas que fueron pensadas para alguna villa romana y tras la conquista acabaron en Segovia.

Al otro lado de la calle pude ver escondidos, entre las pintorescas construcciones, algunos pedazos del paisaje de la estepa castellana que a lo lejos parecía una alfombra verde de esas que vienen en las colecciones de muñecos para niños. Pero decidí contenerme y esperar un rato para llegar hasta allí, ya que creí que tamaña vista bien merecía un tiempo especial de apreciación y, antes, quería entrar a la Catedral y al Alcázar, así que allí me dirigí puesto que,sino, el horario reducido de verano me dejaría del lado de afuera de ambos.


Vista de la estepa castellana desde los balcones del Alcázar Real

Si la analizamos desde el punto de vista arquitectónico la Catedral de Segovia no es de las más imponentes de Europa (aunque sí en las de su estilo, por la que le valió el mote de “Señora de las Catedrales”), pero sí lo es cuando se descubren algunos datos históricos que en ella sucedieron y cuando se la comienza a recorrer. La dimensión del lugar cambia abruptamente cuando en la entrada veo el cartel cincelado a mano que pone que el 13 de diciembre de 1474 en ese lugar fue coronada Reina de Castilla Isabel I, la mujer más importante de la historia no sólo de España sino de la hispanidad toda.

                     Interiores de la Catedral de Segovia

Como en toda iglesia de estilo románico tardío y con muchos elementos de gótico europeo, la Catedral cuenta con innumerables claustros  y con once capillas menores, todas dedicadas a diferentes santos representativos en la liturgia hispano-católica. Los colores de la piedra y el mármol que la componen, sorprendentemente también guardan las tonalidades ocres y anaranjados tan usados por los artistas del imperio romano, lo cual la integra perfectamente dentro del casco urbano y edilicio de la ciudad.
Interiores de la Catedral con los clásicas cúpulas románicas, influencia del arte romano

 
Miré la hora y me dí cuenta de que promediaban las 15 así que dí la vuelta por una de las callejas internas que sale al Acueducto decidido a comer alguna cosa que me permitiera seguir recorriendo. En la bajada me llamaron mucho la atención los almacenes, muy parecidos a los nuestros, casi idénticos en cuanto al carácter de polirrubro ya que vendían desde tabaco y golosinas hasta bocadillos económicos para comer en cualquier plaza o rinconcito de la ciudad.

Ésta última fue mi opción. Desestimé un puchero clásico segoviano caro de los mesones que circundan el Acueducto y opté por un increíble bocadillo de chorizo colorado que disfruté al sol, tirado a los pies de un león con cabeza de mujer, muy bonita y de facciones griegas que miraba con  sus ojos inexpresivos de cemento hacia la cúpula de la Catedral.

Luego dediqué un tiempo para comprar recuerdos y me dejé llevar por el paisaje que me proponía la periferia del centro,  mucho más tranquila, relajada y con la calma habitual que presentan los pueblos a la hora de la siesta. Allí, entre elevaciones de tierra amarillenta y algunas pequeñas formaciones rocosas típicas del paisaje, me encontré con un barrio nuevo que se elevaba como un elemento extraño en medio de construcciones con más de cinco siglos de historia.

Lo nuevo se abre paso en medio de un patrimonio que se esfuerza por mantener su identidad
Según me contaron luego, debido a lo costoso que es construír en las grandes ciudades como Madrid (donde es casi imposible), Barcelona o Bilbao, las constructoras estaban optando por llevar a cabo sus proyectos en ciudades más pequeñas y cercanas a las urbes grandes. Al parecer, la única condición que se les impone de parte del Estado es que si bien deben otorgar modernismo y funcionalidad a las viviendas, éstas no deben ir en contra del estilo de la ciudad, el cual se viene manteniendo con denostado esfuerzo e inversión.
 Cuando llegó la hora del regreso me sobrevino la sensación de querer quedarme un tiempo más recorriéndola y me fue difícil definir si eran horas, un día más o varios. La ciudad me había impresionado en algún punto de mí y no podía especificar dónde. Quizás habían sido los colores, quizás la influencia de la cultura romana, quizás la importancia histórica de su territorio tan sencillo y en un punto minimalista pero recargado de sabiduría y arte a la vez. 

Con todo ese cúmulo de preguntas llegué a la estación con el billete en mano que decía: Madrid Chamartín. La última escena que ví desde la ventanilla del tren fue exactamente igual a la de la primera foto de este artículo. El vagón comenzó a moverse y miré hacia atrás. Observé por última vez la parte superior del Acueducto que se recortaba amarillento sobre el rojo del atardecer. Escena digna de una pintura de Velázquez, pensé, y que, de haber sido pintado,  bien podría haber vestido la pared de cualquiera de los monasterios o de las capillas de la catedral. Pero no, se fué pegada en mi retina, y para siempre.

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