25/6/12

El Cairo: el bar santo de los rosarinos


 ¿Vas a ir a tomarte un vinito a El Cairo? me dijo un compañero de trabajo que es rosarino y que, como buen nativo, intentaba venderme el icónico bar como uno de los diez imprescindibles que bajo ningún punto de vista podía dejar de ver en mi estadía en la ciudad. Así es como siguiendo su consejo, ni bien llegué al centro me dispuse a buscarlo y dejarme llevar por la mística que todo el que ha pasado por él dice haber percibido.

Pero lo cierto es que, si bien quería encontrarlo de casualidad (confieso que es una manía que tengo con los sitios tradicionales de las ciudades, no se porqué, pero me gusta encontrarlos de casualidad y no ir con el mapa en la mano doblando en tal o cual calle para llegar hasta ellos) una necesidad tan traicionera como es el hambre me hizo fisgonear el mapa y elegirlo como sitio para hacer mi primer almuerzo.

Por suerte el bar estaba muy cerquita de donde estaba y una sola pregunta a una señora que venía del supermercado cargada de bolsas fue lo necesario para llegar hasta él. Cuando me encontré parado frente a la puerta principal observé atónito lo cambiada que estaba la fachada, pues en la foto de mi guía de viajes tenía toda la estética de un viejo bar montevideano y lo que me devolvía la mirada era algo totalmente opuesto, lujoso, con aires de diseño y con unos ventanales enormes desde donde se dejaban ver unos mullidos y amplios sillones de cuero negro, además de decenas de cabezas de hombres y mujeres de perfil que leían libros, diarios o bien que hacían un culto de la charla, algo a lo que el Cairo invita inevitablemente.



Ingresé por la puerta principal y me llamó mucho la atención la similitud estética con los cafés de las grandes cadenas porteñas. La ubicación de las mesas y algunas publicidades (además de la disposición de los cortinados) me hicieron acordar a los de Buenos Aires. Sin embargo el deja-vu me duró poco, ya que al levantar la vista y ver  un collage con fotos de Fontanarrosa – ubicada sobre la barra principal del bar – me hicieron dar cuenta de dónde estaba.

La figura del desaparecido dibujante es una de las más fuertes y emotivas de todas las que persisten en el lugar, ya que   se impone omnipresente en cada rincón y deambula por el recinto como una especie de fantasma amigable al que, curiosamente, los turistas van a rendirle culto. Y el eterno homenaje alcanza su máxima expresión cuando se lo ve, de cuerpo entero, apoyado sobre un buzón rojo y recortado del fondo de las viejas paredes de la cocina, entre una pila de platos que esperan ser lavados y una pareja de alemanes que esgrimen su mejor sonrisa para inmortalizarse junto al hombre de fibrocemento del cual desconocen seguro su trayectoria y mucho menos su talento.




Pero además de ser la casa eterna del alma del dibujante, El Cairo tiene muchas más muestras de amalgamiento con el universo cultural. Las columnas sobre la cual reposan los altos techos adoquinados, por ejemplo, se encuentran plagadas de cuadros con fotos de los personajes más increíbles y dispares del mundo de las artes, la cultura, la política y hasta incluso del periodismo, ya que Rosario ha sido un semillero de comunicadores reconocidos a nivel nacional.



Y como si eso fuera poco, a todo lo mencionado hay que agregarle dos elementos que lo convierten en un espacio único: la librería exhibida tras una vitrina antigua que parece salida de una película y un escenario al que, algunas noches, llegan cantantes y músicos que inspirados e influenciados por aquellos que hicieron la famosa trova rosarina (de donde salieron Fito Páez, Silvina Garré, Juan Carlos Baglietto y otros tantos mas) pelean por su sueño de convertirse en populares algún día.

Por todo ello, El Cairo no debe dejar de incluírse cuando se viaja a Rosario. En él se pueden ver muy bien las costumbres de los rosarinos, cómo piensan, cómo hablan, qué elementos los identifica y cuáles los distinguen de nosotros, que si bien estamos muy cerca en cuanto a distancia, diferimos con ellos en más de un aspecto cultural.

Sin dudas es el bar más encantador que tiene la ciudad. No sólo por que es un espacio donde se pueden vivenciar un sinfín de bondades (arte, diversidad, cultura, literatura, además de un buen café) sino por que tambien - y a diferencia de lo que sucede con cualquier bar notable de los que abundan en el resto del mundo - es la opción más que recomendable para elegir a la hora de desayunar, almorzar o cenar, ya que cuentan con una excelente carta gastronómica y con precios sumamente accesibles para el bolsillo de un viajero medio. 


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