15/9/12

Maniquíes en escaparates del mundo

No se por qué pero los maniquíes, desde siempre, me llamaron la atención. Desde aquel que representaba a la hermosa mujer que quemó Buñuel en Ensayo para un crimen hasta la icónica chica que aparece en la ochentosa película Mannequin (esa en que ella va bordo de una moto, con los pelos al viento y la banda de sonido de Starship sonando de fondo) estos muñecos de resina han estado entre nosotros intentando reflejar la fisonomía humana lo más fiel posible, siendo totalmente diferentes, por lo tanto, en cada rincón del planeta que aparezcan.

Cada vez que viajo fotografío lo que me interesa, que me “pica o pincha” (algo que Roland Barthes llamaba “punctum”) o bien por que me hace pensar en mundos y realidades paralelas, aunque estas sólo existan en el plano de la imaginación. De ese modo podría enumerar como mi debilidad las iglesias, las vírgenes, los santos, los graffittis, las escenas nocturnas, los retratos robados, las vistas desde ventanales ocultos, las esculturas y –me acabo de dar cuenta- también, los maniquíes.

Por eso este posteo está dedicado a compartir con ustedes una serie de fotos de maniquíes que acabo de recopilar entre mi archivo fotográfico y que fueron tomadas en diferentes escaparates del mundo. Fíjense como, a través de muchos de ellos, se pueden vislumbrar el modo de pensar y sentir de cada uno de los pueblos a los cuales pertenecen, por que desde su inmovilidad y su mudez, se encuentran en comunicación permanente con todos aquellos que se paran frente a ellos. 

Sólo es cuestión de aprender a mirar ( y por que no, también, de escuchar...)



¿Es cierto que la sociedad de consumo impone los modelos y los cánones de belleza o hay posibilidad de evadir esas reglas? Este pensamiento me sobrevino una tarde de enero mientras caminaba por la avenida principal de la ciudad de Colonia. Todos los maniquíes de las tiendas de ropa femenina que pasaban frente a mis ojos tenían unas medidas y curvas que no se condescendían con las que se ven como normales en otros lugares del mundo.

Y allí fue que me pregunté ¿Quién sería el indicado para crear un patrón de belleza o un canon estético para que parte de la sociedad lo acepte? ¿Estaba bien o mal que los maniquíes uruguayos tuvieran las formas de la gente real? Indudablemente Colonia no era el lugar para responderlas, por que allí, a diferencia del resto del mundo la concepción de belleza quedaba bajo el abrigo de la famosa frase que reza "Todo depende con el cristal con que se lo mire". 

Trastévere romano. Mientras recorro las callejuelas que bordean el Tíber (sin perder de vista jamás el imponente Castel Sant´Angelo) quedo frente a este escaparate de un joven diseñador romano que liquidaba su colección a causa de una crisis que se escurría por entre las calles como un fantasma. En otra ocasión, la falta de cabeza, brazos, manos, piernas y pies me hubieran alejado de la idea de maniquí y me habría acercado más a la de perchero o simple molde, pero en este caso, teniendo en cuenta la especial situación que vivían, el torso significaba un verdadero maniquí, ya que no podía representar de mejor manera el sentir de aquellos que intentaban mantener un espacio dentro de la moda en medio del desconcierto económico.

 (Les cuento que esta foto advierte varias interpretaciones. La que les acabo de contar es la segunda versión que aparece cuando la exhibo en público. La otra, la que primero sobreviene apenas la ven, está emparentada con el lugar estratégico en el que quedó ubicada la letra "I" de SALDI. Así somos los humanos, hacemos foco en lo que queremos o, a veces, en lo que nos conviene)

Al otro lado del Tíber, también en Roma, se encuentra una de las calles más famosas del mundo: la Vía Condotti. Ubicada a metros de la Piazza di Spagna sobre ella reposan los locales de las marcas más caras del universo femenino, y por lo tanto, los maniquíes allí son un objeto de culto, muchas veces, tan preciados como la ropa que exhiben. Excéntricos, de diseño y bien alejados de la estética tradicional a la que estamos acostumbrados, esos objetos allí son realmente únicos. El de esta señorita con cualidades casi humanas se volvió irresistible para el lente de mi cámara.

Frente a la melancólica chica sentada tras el vidrio en ropa interior, un maniquí despojado de cualquier rasgo de humanidad exhibía un vestido que bien serviría para dar de comer a una tribu completa de niños somalíes. "La ausencia de expresión invita al espectador (léase "Comprador/a") a que centre su atención sólo en el exclusivo modelo que es una verdadera obra de arte" escuché decirle a un vendedor que estaba en la puerta y atendía las preguntas de una señora que soñaba con salir de allí con el vestido bajo el brazo.

En París las vidrieras se arman con una celosía como si se tratara de una instalación de un museo de arte contemporáneo. Si bien la ciudad está considerada la capital de la moda, en el caso de la ropa masculina se opta por maniquíes neutros, sin expresión ya que el hombre, a diferencia de la mujer, sólo observa la ropa. En este caso los vidrieristas de Armani acompañaron a los hombres sin rostro un tríptico de Rafael Nadal, símbolo identificatorio de aquellos que promedian la segunda adolescencia.

En contraposición a las galerías de las grandes ciudades, en las capitales del este europeo los maniquíes exhiben realidades sociológicas, económicas y culturales bien diferenciadas de aquellas. Aquí una tienda de ropa en el centro de Bucarest, donde los precios económicos son una excelente oportunidad para vestir a la familia de los ciudadanos rumanos. En ella se vende ropa para todas las edades y sexos, además de otros artículos para el hogar y juguetes. Austeridad y simpleza son las dos cualidades que exhiben estos muñecos (ni más ni menos que lo que caracterizó al pueblo rumano luego de la caída de Nicolae Ceauceascu)

Sobre la Calle Florianska - peatonal Cracovia- me encontré con esta joven con una expresión digna de un estado de ensueño o encantamiento. Luego del impacto que me produjo aquella muchacha sentada de la Vía Condotti en Roma, ésta se me presentó como la segunda Gioconda de Da Vinci. Con el tiempo, este maniquí se transformó en el parámetro para comparar rarezas (aunque debo confesar que hasta ahora no he encontrado otro que pueda superarlo y plantear un nuevo patrón estético de comparación)

Una mañana, la Karlova praguense apareció repleta de cabezas envueltas en gorros de piel como en la época en que el comunismo dominaba la zona. Las caras sin rostro de estas "mujeres"  podrían tomarse como una metáfora de la negación de identidad a la que quedaban sometidos aquellos que no acataban el duro régimen soviético (Y siguiendo esa línea, quizás, no sea casual que la única que porta un rostro sea aquella que exhibe una orgullosa sonrisa enmarcada por el clásico gorro rojo)

En Atenas fue donde nació el concepto de estética y belleza, así que no es de asombrarse que ambas afloren a cada paso y se las vea con una asiduidad que no existe en otros puntos del globo. Sobre la Calle Ermou (calle peatonal que atraviesa la zona de Monastiraki) se encuentran los más elegantes escaparates y, en ellos, las figuras femeninas que exaltan la belleza de la mujer griega.

Además de los maniquíes con indumentaria tradicional, en el barrio de Plaka se encuentran decenas de casas donde se exhiben los trajes típicos de la cultura helénica. Con modelos que evocan la estética de diferentes pueblos que conforman la cultura helénica, estos maniquíes son una verdadera pieza de la cultura ateniense, tan importante como aquellas piezas que se encuentran en sus museos.

Cuando entré al Gran Bazar de Estambul y ví esta imagen tuve la sensación de que mi llegada a Turquía era real y no un sueño como había pensado hasta el momento. Con una imagen totalmente distinta a la que estamos acostumbrados a quienes nos toco nacer de este lado del planeta, estos maniquíes fueron una especie de presagio de lo que vería en esa semana en la que alguna vez supo ser Bizancio y Constantinopla.

Perdidos entre el color, el brillo y los aromas del Bazar, estos pequeños maniquíes ponen sus formas para representar la infancia de una ciudad que, por cuestiones históricas, políticas y sociales, camina por la delgada cornisa entre Oriente y Occidente.

Los maniquíes de esta improvisada botique en las afueras de Gizah son testigos del silencio atroz en el que ha quedado de la ciudad. A pocos kilómetros de allí, en una jornada de desconcierto y tensión, comenzaba el fin inminente del dictador egipcio.

Si alguien me preguntara dónde vive el realismo mágico no dudaría en responderle: - en la ciudad de México, en el Barrio de Tepito.  Conocido como el Barrio de las novias, este pequeño reducto ubicado en uno de los rincones más marginales de la capital es como un remanso donde los pobladores pueden tener la ilusión de que un mundo de fantasía es posible. En él abundan las casas donde se alquilan vestidos de novia por hora, trajes de bautismo, ropas para niñas y hasta limousinas o calabazas de Cenicienta.

Esta fotografía, aunque no lo parezca, no está tomada desde el interior del local sino de frente al escaparate. Los dueños del local ubican los maniquíes de espalda por que creen que de esa forma se puede apreciar de mejor modo las formas y los colores de los pomposos vestidos. Nunca más vi esa disposición en ningún otro lugar.

Como verán, los maniquíes hablan y dicen mucho. Cuando se vayan de viaje les aconsejo que les presten un poco más de atención. A través de ellos también nos podemos hacer una idea de cómo es la sociedad que estamos a punto de conocer, y eso, al final del viaje, siempre se agradece.

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