23/9/12

Viajes analógicos: Un día en una estancia patagónica (2002)

Viajar al exterior parecía una fantasía con la que pocos podían coquetear en aquel convulsionado verano del 2002. La inminente crisis -que poco menos de un año atrás había sumido al país en uno de los episodios más tristes de nuestra historia- parecía batallar contra los pronósticos de cualquier cambio posible y por eso decidí que era un buen momento para mirar hacia adentro, para descubrir las maravillas que tiene nuestro país y me largué a conocer el sur, dado que era una de mis cuentas pendientes desde hacía tiempo.

Así es como con la idea de descubrir el país me subí a un avión y arranqué mi periplo en Calafate, ciudad hasta ese momento tranquila y con una población receptiva que confundía porteños con brasileños debido a la cantidad de abrigo con la que llegábamos a esas alejadas tierras. Apenas llegué al aeropuerto pedí información acerca de qué cosas se podían hacer además de las clásicas excursiones a los glaciares que ya tenía reservadas desde Buenos Aires gracias al consejo de unos amigos que habían estado por allí antes.

-         -  Algo que no puede dejar de hacer es visitar algunas de las estancias de la zona, me dijo la empleada de Información turística con una sonrisa que era imposible negarse a considerar el consejo.
-          - ¿Una estancia? Respondí sorprendido ya que jamás hubiera esperado esa respuesta ni mucho menos imaginado que, en aquel viaje, iba a tener mi primera experiencia con ellas.

De esa forma, cuando menos quise acordarme estaba  a bordo de un autobús, repleto de argentinos muy ansiosos todos por conocer la estancia que en el pueblo habían acordado en vendernos como “la más linda de la región”.

Luego de haber andado un poco menos de una hora por la ruta, el vehículo se metió por un improvisado caminito de tierra y ante nuestros ojos quedó la vista frontal de la estancia Santa Cecilia. Debo confesar que tuve la impresión de estar viendo un cuadro a través de la ventanilla, ya que pocas veces había tenido la posibilidad de estar en un sitio natural de tamaña belleza. He aquí la prueba fehaciente de mis palabras:

 ¿Sorprendidos no? Bueno, imagínense las caras de quienes formábamos parte del grupo. Apenas llegamos nos recibieron con una mateada y unas tortas fritas típicas, hechas según el manual patagónico (razón por la cual saben tan diferente a las del resto del país). Uno de los administradores nos contó la historia del lugar y luego nos llevó a recorrer las instalaciones, todo enmarcado entre el canto de los pájaros y un espejismo verde esmeralda que brotaba del conglomerado de árboles, follajes, pastizales y montañas onduladas que simulaban ser una alfombra de cualquier bazar de esos que abundan en Oriente.

Visitando un gigantesco panal de abejas, caminando entre violáceas vides y manzanares  exultantes que servían para fabricar todo tipo de bebidas alcohólicas y descubriendo la importancia de los tractores en tiempos de siembra y de cosecha fue que se nos pasaron al menos tres horas.

Cuando promediaba la tarde, antes de que cayera el sol, apareció uno de los peones y nos invitó a pasar a uno de los tantos  galpones deshabitados que circundaban el perímetro de la casona. Al entrar nos encontramos con un número significativo de ovejas, las cuales de modo manso y tranquilo se agolpaban en un rincón como queriendo alejarse de nuestra presencia. El hombre se les acercó y tomó una por las patas traseras. El animal casí no se movió y, en cuestión de segundos, la había acomodado en el piso, boca abajo y sosteniendo en la otra mano una tijera de esquila nos explicó lo que íbamos a ver.

Como si se tratara de un peluquero profesional el hombre hincó la dura tijera de hierro entre la piel de la oveja y, al mismo tiempo que la movía frenéticamente, comenzó a salir una tira de lana impresionante, dando la sensación de que la oveja era una naranja y la estaban pelando con un cuchillo. Sin moverse, y en menos de cinco minutos, el animal se paró nuevamente mostrando la desnudez de su cuerpo,  que se veía indefenso al costado del lanar que yacía inerte en el húmedo y áspero suelo de madera.  


Ni bien se hizo de noche y a modo de sorpresa comenzamos a sentir un olor a asado increíble que salía de uno de los galpones, uno de los que no habíamos visitado hasta el momento. Cuando nos hicieron ingresar al desolado pabellón vimos una mesa excelentemente preparada y dos costillares que se cocían lentamente en un asador que simulaba ser el infierno, sobre todo por la alta tempratura y hedor que emanaba.
-          
            - El corderito patagónico es una de las comidas que no pueden dejar de probar cuando andan por estos pagos, dijo un baqueano que, vestido de gaucho y con el mate en la mano,  nos recibía como un anfitrión de lujo.De más está decir que poco me costó violar la promesa de que no iba a probar el corderito. Una vez que lo ví servido en el plato, acompañado por unas riquísimas papas al plomo no pude resistirme a probarlo.
     
      Casi sobre la medianoche abandonamos la estancia. Mientras el micro se alejaba y quienes nos habían recibido nos saludaban efusivamente, pude ver como la luna llena teñía de un color plateado aquello que horas antes había sido esmeralda. Volvimos a la ruta y allí, lo vivido minutos antes ya era recuerdo. Y hoy, diez años después, lo revivo junto a ustedes en esta nueva sección que con este posteo, queda oficialmente inaugurada.


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