27/4/13

Alexandra Book-café: la Sixtina del capucchino

Cuando lo vi publicado en la guía oficial que me dieron en el aeropuerto pensé que quizás no sería tal cual lo mostraba la foto y que estaba algo sobrevaluado, pero cuando unos días después me encontré con él - por casualidad- me dí cuenta de que era verdad.

El Alexandra café es uno de los sitios más refinados y especiales que tiene la ciudad. Ubicado en el corazón mismo de la Avenida Andrassy (una de las más lujosas y concurridas de la capital húngara) este café que data de fines del siglo XIX y principios del XX forma parte de un interesante complejo de dos pisos en el que se consiguen libros, discos, películas y toda clase de productos relacionados con la cultura húngara y mundial.

Al ingresar en el edificio lo primero que se ve es una estructura muy moderna, recargada de libros en estanterías e incluso en punteras repletas de best-sellers que "decoran" el recinto dedicado a los libros (para los argentinos es inevitable encontrar similitudes con nuestras cadenas nacionales como Yenni, el Ateneo, o las grandes sucursales de Cúspide y, seguro, los españoles, portugueses o franceses lo identificarán con los locales de la completa cadena FNAC).
Hasta ese momento el turista  no parece impresionarse demasiado, pero, cuando hace foco en la arcada del fondo a través del cual se pueden ver parte de los fescos de los techos del café la imagen cambia diametralmente y es inevitable que no se dirija directamente en esa dirección, dejando atrás las pilas de libros y los cds para zambullirse en lo que a mí se me ocurrió llamar "La Sixtina del capucchino".

No es de café la primera impresión que se tiene en el mismo momento que se ingresa en el recinto ya que, las arcadas pintadas en oro, los elaborados frescos modernos pintados en la totalidad de la superficie de los techos y las arañas con caireles dignas de un cuento de Tolstoi le dan más el carácter de un palacio que de cualquier cosa a la que se haya dado una finalidad comercial. Pero lo cierto es que, pese a lo que se crea, ésta última es la que se le dio a ese exquisito espacio, otrora salón de visita de los emperadores.


LO PASADO, PINTADO.

Si bien el Alexandra Café se alza majestuoso gracias a la arquitectura clásica de un palacio francés y la infinita serie de mayólicas, terminaciones y marcos en estilo barroco, es con las pinturas donde mejor se ejemplifica el pasado imperial, dadas las situaciones y los personajes que allí se reflejan. Veamos algunas: 


Este mural se encuentra en el centro mismo dentro de una de las concavidades de la cúpula principal. Pintada a mediados del siglo XIX representa la coronación de Hungría respecto de la guerra contra los rumanos en la que, si bien anexaron algunos territorios, perdieron Transilvania, uno de los más explotados turísticamente gracias a la popularización (y por qué no mediatización también) del misterioso y controvertido Conde Drácula. 

Sobre el centro mismo del salón se encuentra una serie de personajes que llevan a cabo diferentes labores y representan a las diferentes artes y oficios que por entonces se llevaban a cabo y que forjaron buena parte de lo que por entonces se conoció como la máxima porción del Imperio Austrohúngaro. Entre ellas se pueden ver la jardinería, la metalurgia, la escritura, la agricultura, la filosofía y la música, entre muchas más.


Luego de las pinturas, los espejos gigantescos (tanto que algunos llegan a ocupar paredes completas) son la otra estrella del curioso café. Siguiendo la atmósfera de barroquismo que pulula en el ambiente, los espejos le dan a la sala una mayor superficie de la que en realidad tiene y hace que las lámparas (que no son tantas) aparezcan como si se tratara de un salón de baile del Palacio de Versalles.
Mientras tomaba mi café pude ver como los vidrios se movían y le pregunté al camarero a qué se debía eso. Me explicó que cuando fue diseñado el pequeño palacio, obviamente no pasaba el metro, así que como ahora pasa justo allí debajo, los espejos se mueven como si se tratara de un pequeño movimiento terrestre aunque, me tranquilizó, cuando me dijo que el gobierno realiza controles periódicos acerca de la intensidad del movimiento y que no tiene la magnitud como advertir a los clientes acerca de ello.
En el café podrán pedir una amplia selección de cafés, tragos, pastelería (pidan algunas de las especialidades húngaras que son realmente deliciosas) y hasta incluso almorzar o cenar ya que cuentan con algunos platos al paso para quienes hacen allí un alto en su recorrida turística o el trabajo, en el caso de los lugareños. Los precios son muy razonables (como en todos los negocios de Budapest) y al pedir la cuenta no habrán gastado más que si hubieran ido a cualquiera de las cadenas americanas de comida rápida o cafeterías que se instalan a través de franquicias.

Agréguenlo sin dudas cuando planeen una recorrida por la Avenida Andrassy y habrán cumplido un doble objetivo: por un lado haber visitado un sitio de película y, por el otro, habrán tenido un encuentro con la cultura ya que, pese a estar casi todos los libros y discos editados en húngaro, es posible encontrar cosas interesantes en español, inglés, francés e incluso alemán.

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