21/4/13

Crónicas de Budapest: Volver al barrio

1. 
Budapest, marzo de 2000

Entre las tantas cosas que motivaron mi reciente vuelta a Budapest estaba la de volver al departamento donde había pasado mi estadía en el año 2000 cuando visité por primera vez la ciudad. Por entonces la zona no estaba explotada turísticamente, los húngaros comenzaban a calentarse las manos luego del largo invierno de los años del comunismo y los hoteles en los que se podía conseguir lugar, no sólo estaban abarrotados de empresarios que llegaban a la región para aprovechar el bautismo reciente del capitalismo sino que, además, costaban una fortuna, con números bastante alejados de lo que yo podía pagar por entonces con mi magro bolsillo de estudiante.

Así es como, teniendo en cuenta ese déficit de infraestructura para el turismo, aquellos que llegábamos a la estación de trenes de Kelety Pu (estación de arribos internacionales) teníamos que optar por alquilar alguna habitación – o en el mejor de los casos, un apartamento- a los lugareños que esperaban en el andén munidos de álbumes fotográficos en los que se podían ver las comodidades de los lugares que rentaban.

En mi caso, al bajar del tren dudé bastante en elegir a alguien para dirigirme primero ya que el aluvión de manos con los álbumes en alto era tal que nos hacían sentir como si fuéramos verdaderos rockstars y ellos fanáticos desenfrenados por conseguir nuestro autógrafo. Ante el estupor de la situación decidí quedarme en un costado del tren con mi valija apoyada en el andén y ví como, poco a poco, la masa se iba diluyendo a la vez que se escuchaba una cacofonía de voces en la que predominaban los ¿Speak english? ¿Parlez-vous francais? y ¿Sprechen sie deutsch?.
Cuando ya se disipó la masa vi sentada una mujer con extraña vestimenta que se paró con su álbum en la mano y se dirigió hacia mí. En un inglés que se parecía mucho al mío (que es nulo) me preguntó si buscaba alojamiento y acto seguido me dijo si hablaba algún otro idioma. Teniendo en cuenta mis limitaciones me pareció que el francés podía ser la llave para poder comunicarnos dignamente (al menos por mi parte) y ella asintió sonriente, ya que me dijo que se encontraba estudiando el idioma en una academia y que lo hablaba bastante bien.

Me explicó que tenía un departamento a unos metros del parlamento, a la vuelta del Danubio y frente a los estudios de la Televisión húngara. Me mostró unas fotografías, combinamos el precio y en pocos minutos, me encontré con ella dentro del metro en dirección a la zona del Pest. Durante el viaje la mujer se presentó, se llamaba Marianne y me contó que ante la falta de trabajo que por entonces asolaba a Hungría, el estado nacional les había otorgado a aquellos que tenían una habitación para rentar a turistas, una especie de licencia para que con ello certificaran la calidad del alojamiento y así pudieran tener un ingreso ante la falta de trabajo.

Cuando llegamos al departamento me hizo completar un formulario y nos quedamos hablando un largo rato. Tenía muchas dudas acerca de la Argentina y me preguntó varias veces cómo era vivir en el fin del mundo. Le conté todo lo que su comprensión de la lengua me permitía y luego se retiró, dejándome las llaves y el número de teléfono para que me comunicara con ella en el caso de que tuviera algún inconveniente.

Durante los diez días siguientes de mi estadía no volví a verla. El último día, cuando debía abandonar la ciudad y entregarle las llaves, apareció junto con su madre (una señora alta, rubia, de tapado verde musgo y sombrero que, detrás de sus anteojos impecables, me observó como si fuera un marciano que había llegado a las costas del Danubio). Escribí unas palabras contando mi experiencia en un cuaderno que ella usaba como referencia para futuros viajeros y nos dimos un fuerte apretón de manos. La madre, en cambio, se quedó en su lugar y sólo se limitó a un gesto seco que tomé como un saludo de despedida.


2. 
Buenos Aires, Julio de 2000

A los tres meses de estar en Buenos Aires - y cuando el viaje ya formaba parte del arcón de los recuerdos - recibí una postal con una fotografía de cuatro niñas vestidas con ropas típicas rodeadas de gansos y gallinas en una pradera cinematográfica. En la parte superior izquierda se leía Magyarorszag (Hungría en húngaro) y unas palabras en francés al dorso escritas con una caligrafía infantil le daban a la foto el verdadero sentido de epístola. El texto decía algo así como que me enviaba saludos desde Budapest, que me escribía para que tuviera un recuerdo de mi estadía en su casa y que le encantaría mantener el contacto. 

Al otro día fui al centro y compré una postal con la mejor fotografía del obelisco y la 9 de Julio que encontré. Le contesté agradeciendo su generosidad y le dije que le mandaba saludos desde “el fin del mundo”. Unas semanas después recibí otra y así, durante algunos años, intercambiamos mensajes vía postal en los que ella me contaba de sus avances con el francés (los cuales eran ciertos ya que en cada postal escribía de un modo más fluido  y yo le expresaba mis deseos de estar en el Pest, en aquel departamento desde donde a través de la ventana del living podía ver el Danubio y el Puente de las cadenas recortado en el paisaje.

Pero un día las postales comenzaron a venir más espaciadas hasta que definitivamente dejaron de llegar. Desde entonces me prometí que el día que volviera a Budapest iría a aquella casa donde pasé una inolvidable estadía y en la que disfruté la ciudad a través de un modo cotidiano y para nada turístico. Diez años pasaron hasta que el destino me dio la posibilidad de regresar y allí escribí, entre los tantos lugares que tenía que visitar, la casa de Marianne, a orillas del Danubio.

3.
Budapest, Enero de 2013

Crucé el Puente de las cadenas y ahí empecé a sentir la ansiedad en la panza. ¿Viviría Marianne aún en aquel número 28 de la Calle Nador? ¿Seguiría manteniendo aquel edificio la fachada art decó que tanto me impresionó cuando lo ví por primera vez? Demasiadas eran las preguntas que se agolpaban en mi cabeza y convivieron unos cuantos metros con la fantasía de tocar el timbre y que me atendiera aquella mujer de baja estatura, rubia, con ojos verdes y gesto amable que tanto caracteriza a los europeos del este.

Tres años de correspondencia interrumpida me hacían pensar que al abrir la puerta seguro se acordaría de mí, pero a la vez, los diez años de silencio – y de historia inevitable que habían convertido a Budapest en la sombra de lo que había sido entonces- me preparaban para el desengaño y la desilusión. 

Doblé por la esquina del metro frente al Parlamento y comencé a reconocer cada uno de los negocios en los cuales compré diferentes artículos en mi estadía. La casa de comida típica húngara que servía el almuerzo a los oficinistas y empleados del palacio legislativo seguía intacta, el kiosko de la estación del metro, la farmacia con una fachada que parecía salida de un documental de la segunda guerra mundial y la escultura de un escritor húngaro que yace parado en un puente munchesco me devolvieron intacta la imagen que permaneció en mi memoria durante más de una década.

Ya en la esquina de la Calle Nador el corazón se me aceleró. Los números son raros en Budapest y, a diferencia de cómo se numera en Argentina, allí el número representa el número de la casa en esa cuadra, con lo cual para llegar al 28 tuve que recorrer casi trescientos metros. La calle estaba igual. La farmacia intacta y la fachada, toda una obra de arte, también. Me acerqué al portero eléctrico y descubrí el nombre de Marianne escrito en un papelito algo borroso pero que aún se dejaba leer. "Marianne Kurtesch Janos"y, finalmente, tomé coraje y apreté el timbre.

Pasaron unos segundos y nadie contestó. Quizás estaría roto el portero, pensé. Esperé unos minutos y toqué de nuevo. Nada, ningún sonido salió de la placa de bronce.Miré nuevamente la dirección, volví a ver el nombre y era ese, no había error. Sobre el portero había una placa blanca escrita en húngaro y un escudo, en el cual pude descifrar un horario. Me acerqué aún más y vi que debajo de la inscripción, había una leyenda pequeña que, en inglés, decía que en el edificio funcionaban  oficinas de un ente gubernamental.

Me alejé de la puerta, miré hacia arriba, y ví un cartel gigante que decía "Edificio gubernamental" en varios idiomas. Y ahí  me dí cuenta de por qué nadie me respondió al timbre. Allí ya no vivía gente y al espiar a través de una ventana pude ver una gran pila de cajas que me dieron la idea de que estaban mudando las oficinas.  

Me quedé un rato parado con un gran sentimiento de decepción. Caminé hacia la esquina y la calle que antes era angosta y empedrada, ahora lucía brillante llena de negocios de muebles de diseño, tiendas de ropa de diseñadores caros y unas cuantas cafeterías americanas que eran un verdadero templo para los jóvenes húngaros. La modernidad y la globalización son implacables pensé. Y la historia también.

Me alejé del edificio con la sensación de que algo había cambiado. La idea de reencontrarme con Marianne quedaba atrás y empecé a pensar qué le hubiese dicho o de qué le hubiera hablado si luego de tocar el timbre me hubiera respondido. Seguramente el departamento ya no tendría aquel empapelado amarronado de los años del comunismo, ni las largas cortinas de encaje que corría todas las mañanas para ver el Danubio, ni la alfombra circular con los colores del arco iris, ni el pequeño televisor con antena portátil que sólo dejaba sintonizar la televisión húngara.

Good bye Lenin! me dije. Budapest no era la misma. El actual gobierno de derecha expulsó quién sabe donde a todas aquellas familias que vivían allí y vaya uno a saber, en qué rincón de la ciudad, habría ido a parar Marianne. Trece años y una historia que se impone inexorablemente cambiaron a la capital transformándola en una señora bien vestida, moderna y con un carnet de membresía en el club de los poderosos.

Nunca hay que volver al lugar donde uno fue feliz dice Joaquín Sabina en una de sus canciones. Y aunque nunca lo hubiera querido, le tuve que dar la razón.

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